Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Política y fiscal

El afán político suele ser un aliciente para variadas torpezas. Alienta por igual los lugares comunes o la retórica más extravagante, intenta sorprender con sonoras fantasías o complacer reafirmando simplezas y prejuicios. Huye de la verdad y sabe que más valen las frases hechas que los hechos. Alarmar es una de las principales consignas de quienes buscan atención mediática con fines políticos. El fiscal, Néstor Humberto Martínez, se ha convertido en uno de esos afanados políticos. Cada semana suelta dos o tres frases en busca de un titular de prensa. Una semana pretende ser gracioso y deja caer un chiste sobre la jurisprudencia de la Corte Suprema. La semana siguiente frunce el ceño y señala las grandes amenazas para ilustración del ministro de Defensa. Para la próxima tiene preparada alguna máxima dicha en la postura del pensador. Todo lo hace desde un atril donde se lee en letras doradas su dignidad: fiscal general de la Nación. Las declaraciones y la dignidad del cargo sufren efectos contrarios. La cháchara del fiscal toma un halo de importancia y gravedad por venir de quien viene, y el encargo constitucional pierde lustre por la charlatanería de quien lo ocupa.

La semana pasada el fiscal se pasó. Dijo con tono preocupado una frase que recogieron todos los periódicos: “Ha revivido un nuevo enemigo en Colombia: el narcotráfico, y es necesario que en esta transición de poder podamos suscribir los colombianos un nuevo acuerdo que nos permita refundar la política antidrogas en Colombia o vamos a perder nuestra estabilidad institucional con las amenazas que tuvimos hace dos y tres décadas”. Colombia es el principal exportador de cocaína del mundo hace 40 años. Las fluctuaciones en las hectáreas de coca se han repetido por décadas y van atadas a las fluctuaciones en las incautaciones de cocaína. El año pasado tuvimos la cifra más alta de cultivos de coca en los últimos 15 años e igualmente tuvimos el récord histórico de incautaciones de cocaína con algo más de 410 toneladas. Que el fiscal general diga que ha revivido el narcotráfico en Colombia demuestra que no solo no tiene contexto real alguno, sino que ha pasado inmune a las series de narcos que inundan las pantallas. O demuestra que en Colombia los funcionarios se hacen los bobos para posar de profetas.

El fiscal parece hacer una asociación inmediata entre hectáreas de coca sembradas y crecimiento del poder mafioso. Se le olvida que la coca ha crecido en los mismos sitios desde hace décadas y que el Estado por allá ha sido siempre un fantasma que fumiga o promete. Según la medición de Naciones Unidas de 2017 el 80% del territorio sembrado de coca ya alguna vez fue fumigado, erradicado o al menos censado. Pero no se quedó ahí. Dijo además que el cartel de Sinaloa está en Colombia y que Guacho es su brazo armado. Los narcos mexicanos rondan por aquí hace más de diez años y si se quiere le han quitado poder y plata a nuestros “exportadores”. El fiscal nos acaba de revelar que hay conexiones entre quienes producen el 90% de la cocaína que llega a Estados Unidos y quienes se encargan de pasarla a través de la frontera norte. Del fiscal general se esperan algunas revelaciones para entender nuestras empresas criminales, pero solo se obtienen obviedades y reducciones con ánimos políticos.

En 1998 el exfiscal Alfonso Valdivieso se lanzó a la Presidencia y la revista Semana reseñó ese acontecimiento en principio exitoso: “El consenso generalizado fue que el salto a la arena presidencial resultó todo un éxito. Los focus groups inmediatamente posteriores así lo confirmaron. La transición de fiscal a candidato se hizo sin tropiezos, que era precisamente lo que se buscaba”. De esa candidatura nació el partido Cambio Radical. La historia política entrega reveladoras coincidencias.

 

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