Por: Héctor Abad Faciolince

Política y fundamentalismo religioso

Con el auge de las religiones cristianas distintas al catolicismo (en Colombia más del 20% de los creyentes pertenecen a distintas denominaciones protestantes) cada vez es más común que los pastores de las iglesias sean también funcionarios públicos: concejales, alcaldes y congresistas.

El mismo procurador Ordóñez pertenece a una secta herética del catolicismo, la de los lefebvristas, una de las denominaciones más fanáticas y fundamentalistas del cristianismo, que en sus franjas más extremas se toca incluso con el antisemitismo militante y con neonazis.

No está mal que en la política colombiana haya cristianos de distinto tipo, católicos, judíos, musulmanes, agnósticos y ateos. Mientras todos estos se toleren y no pretendan imponer a los demás sus creencias, no hay problema. El problema surge cuando sus creencias ultraterrenas se convierten en una militancia. Y esto es lo que está ocurriendo cada vez con más frecuencia en el ambiente político colombiano.

Miren estas noticias de las últimas semanas. En el Concejo de Santa Marta se aprobó una propuesta de la concejal y pastora evangélica Nelly Cadena para que, antes de iniciar cada sesión, se hagan lecturas de la Biblia. Según ella, las Sagradas Escrituras son “como una espada que penetra los tuétanos, que rompe las coyunturas, que discierne los pensamientos”. Las usa, por ejemplo, para denunciar si algunos de sus colegas fornican y cometen adulterio, porque la Biblia descubre “las intenciones del corazón”.

En Bogotá otro concejal y pastor, Marco Fidel Ramírez (que pertenecía al tenebroso PIN), ha pedido que se prohíba el Halloween en su ciudad, porque es un rito satánico que convierte a la capital en refugio del diablo. A esto se añade el riesgo de que esa fiesta de brujas termine “con sacrificios de niños”. Ya antes el mismo concejal había dicho que Bogotá era la nueva Sodoma, porque en el Canal Capital “contrataban maricas”. Como se ve, un troglodita, pero un troglodita con poder. Y con muchos votos.

Es precisamente por votos que los políticos tradicionales se arriman a los cristianos de todas las pelambres. Esta misma semana, después de entronizado en el partido de Uribe, Óscar Iván Zuluaga fue homenajeado con una comida. En esta participaba uno de sus aliados, el pastor Jaime Fonseca Triviño. Un periodista de internet, Gustavo Rugeles, tomó fotos de la cena, y por este motivo fue agredido por alias Caimán, el guardaespaldas del pastor. Rugeles preguntaba por los nexos entre el pastor y unos reconocidos neonazis con quienes se le ha visto. El pastor, además, bebía, porque hacen en privado lo contrario de lo que predican en público. Y alias Caimán no quería que esas fotos se vieran.

La mezcla de religión y política es explosiva. En Oriente Medio, a todos los problemas sociales se añade el del fundamentalismo religioso, el que más gente mata. A Colombia este asunto no había llegado, pero cada vez se sienten más sus pasos de animal grande. Cristianos y sectarios emprenden con más frecuencia y desparpajo cruzadas integristas en las que se junta el negocio de la religión con el negocio político. Ellos y el procurador comparten en su accionar los tintes inquisitoriales de la extrema derecha. Pero también hay mezcla de cristianos en el populismo llamado de izquierda. Con los chavistas venezolanos, Correa en Ecuador y Ortega en Nicaragua, la mezcla de religión y política se da también al otro lado del espectro político. Y tienen en común con la derecha sus prejuicios contra la diversidad sexual, su obsesión contra el aborto y la alergia al matrimonio gay.

Los sectarios y fundamentalistas quieren hacer creer que son muy buenos porque son creyentes. Y esgrimen textos sagrados para oponerse a la ciencia, a las ideas liberales, al laicismo, a las leyes humanas que no pueden estar por encima de la ley de Dios. Todos tienen comunicación directa con el Altísimo, y saben lo que Él quiere. Eso es lo que los hace más peligrosos.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Héctor Abad Faciolince