Por: Piedad Bonnett

Lo políticamente correcto

Hace poco me enteré de que la academia norteamericana ha excluido del léxico universitario el adjetivo “universal”, porque, según me explicaron, es una palabra a la que Occidente le ha dado un uso hegemónico. El término escogido para reemplazarlo es “mundial”. Ya no debe decirse “es un artista con un lenguaje muy universal”, sino “con un lenguaje mundial”, o para ser más exactos, imagino, “muy mundial”.

Este es uno de los últimos exabruptos de lo políticamente correcto, que nació como una buena iniciativa en los años 80 con el fin de incrementar el respeto por las minorías, pero que se extravió en los radicalismos hasta convertirse en un movimiento tiránico que bordea el absurdo y da pie a burlas. Porque la lista de términos proscritos crece, así como la de los que se entronizan, a menudo verdaderos esperpentos de rebuscamiento. La “Bias-Free Language Guide” publicada en el sitio web de la Universidad de New Hampshire, por ejemplo, al lado de sugerencias atinadas, incluye otras hilarantes: ahora, por ejemplo, debe decirse “gente internacional” en vez de extranjero, “gente de talla” en vez de gorda, y, ya en el colmo del eufemismo, “personas que carecen de lo que otros tienen” en vez de pobres. Y es que el miedo a usar un lenguaje con connotaciones discriminatorias nos ha llevado a usar un lenguaje condescendiente, que en ocasiones lo que hace es acentuar las diferencias. Ya no decimos prostituta sino trabajadora sexual, ciego sino invidente, negro sino “persona de color”, y al “viejo” se le dice “persona de la tercera edad”, o, abominablemente, “abuelo”. Como dice un estudioso del fenómeno, en aras de tanta corrección caímos en un lenguaje “impersonal y desinfectado”, que carece de fuerza comunicativa y capacidad de singularizar.

El ensayista Jordi Costa escribió que “la corrección política es, en suma, una ortopedia lingüística que ataca el síntoma pero no el origen del sistema”. Lo cual no niega la evidencia de que el lenguaje puede llegar a perpetuar los prejuicios. Lo que habría que plantearse es el límite de la corrección política, algo difícil de hacer a la hora de juzgar el humor, cuyo signo es la provocación y la transgresión. Polémica que se dio a raíz de los asesinatos de Charlie Hebdo y que ahora tiene lugar a raíz de las quejas sobre “el soldado Micolta”, un humorista que caricaturiza a un personaje de raza negra. Nunca lo había visto, pues Sábados Felices me parece un adefesio televisivo, lleno de chistes afrentosos, de los que tenemos una larga tradición que incluye al célebre Montecristo. Pero a raíz del alboroto examiné lo que hace Roberto Lozano y más que racismo encontré chabacanería. Nada muy distinto de lo que ha hecho el humor de mal gusto toda la vida: usar burdos estereotipos. Entiendo perfectamente que las comunidades negras, por el hecho de haber sido siempre vulneradas, protesten ante tan pobre caricatura de su raza. Pero no quisiera que Chao Racismo cayera en los fundamentalismos de lo políticamente correcto pidiendo censurar el humor, por malo que sea. ¿O estaría bien mandar cerrar Charlie Hebdo por burlarse del fundamentalismo musulmán? Hay que ser coherentes cuando de libertad de expresión se trata. Y lo que esperamos es que, gracias a un avance consciente, los humoristas destierren el humor racista, homofóbico, etc. .

 

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