Por: Eduardo Sarmiento

Políticas distributivas

El debate sobre la distribución del ingreso se intensificó en los últimos días impulsado por expertos y entidades externas que siempre han encontrado un país proclive para sus consejos y recomendaciones.

El modelo económico colombiano es más la suma de las copias de las instituciones externas que de iniciativas basadas en el diagnóstico y la concepción propia. La gran duda es si las teorías de distribución del ingreso gestadas y aplicadas en los países desarrollados son las más adecuadas para los países inequitativos.

James Robinson, profesor de Harvard y autor del libro Por qué fracasan las naciones, sostiene que la reforma agraria tiene mayor impacto sobre distribución del ingreso y que sería más efectiva una política educativa. Sin hacerlo explicito, sugiere dejar de lado la agricultura, propiciar el desplazamiento de los campesinos a la ciudad y abrir los colegios y las universidades para que los inmigrantes eleven el nivel de educación y amplíen las oportunidades con respecto a los jóvenes urbanos. Por su parte, la OCDE plantea una reforma tributaria que reduzca los impuestos al capital y las empresas, y los sustituya por impuestos indirectos, como el del valor agregado (IVA). Curiosamente, las recetas corresponden a lo que se ha venido haciendo en Colombia y en el mundo en los últimos 20 años con resultados precarios. En todas partes aumentaron los niveles de escolaridad y la participación de los impuestos en el valor agregado, a tiempo que la participación del trabajo en el PIB disminuyó y la distribución del ingreso retrocedió.

La explicación está en la distribución del ingreso. En todos los exámenes se encuentra que los mejores puntajes los obtienen los estudiantes provenientes de los hogares de altos ingresos. Las desigualdades impiden que los beneficios de la educación se extiendan a toda la población y tienden a concentrarlos en la clase media. Por eso el país no ha podido salir de los últimos puestos en los exámenes Pisa.

La propuesta de la OCDE es la misma que tiende a universalizarse de impuestos lineales al ingreso y gasto similar por persona. En razón de que en Europa la mayoría de la población se encuentra en la clase media y tiene ingresos no muy inferiores al promedio, la fórmula ha sido efectiva. La diferencia del coeficiente de Gini antes y después de impuestos es cercana a 12 décimas. Sin embargo, no ocurre lo mismo en América Latina, en particular en Colombia, donde la mayoría de la población corresponde al 40% más pobre y obtiene ingresos muy inferiores al promedio. Las transferencias tienen incidencia marginal, porque no llegan a los grupos menos favorecidos.

La teoría dominante de la distribución del ingreso, que viene de un siglo atrás, presume que la iniquidad es independiente de la economía y que la solución resulta de las fórmulas universales. Los hechos se han encargado de demostrar que la incidencia de las políticas distributivas varía con las características de los países y no son fácilmente replicables. Las buenas prácticas de los países de la OCDE no garantizan la construcción de sociedades igualitarias.

La causa de las grandes iniquidades, como las que se observan en Colombia y América Latina, es la diferencia entre los extremos; la mayor parte de la población tiene muy bajos ingresos y una pequeña minoría percibe elevados ingresos por la cuantiosa diferencia entre el retorno del capital y el crecimiento del producto. La reducción importante de las desigualdades requiere un sistema de impuestos progresivos que cierre la diferencia entre la rentabilidad del capital y el crecimiento, la movilización de los recaudos al 40% más pobre mediante el salario mínimo y subsidios a la informalidad y acciones de diverso tipo para aumentar el escaso ahorro de los ingresos del capital. 

 

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