Políticas serias, no justificaciones

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Es terrible tener que estar hablando permanentemente de masacres. Pero también inevitable, a menos que uno quiera inventarse un eufemismo para invisibilizarlas: una opción miserable, y por desgracia la primera y visceral reacción de este Gobierno.

El paso siguiente ha sido la demanda —a los gritos, como es de rigor— de “no politizar el problema”. Carlos Holmes Trujillo exige no hacer política con la muerte. Bueno, los primeros en optar por ello fueron él y el inefable Miguel Ceballos, al señalar que la culpa es de Santos: pues para inaugurar túneles el Gobierno ya lleva dos gloriosos años, pero para hacerse responsable de los problemas apenas sí ha cumplido 24 tristes meses.

Pero el problema aquí no reside en la inverosímil duplicidad de estos altos funcionarios, sino en la aparente incomprensión de la tragedia con la que están lidiando, y que, como siempre, asola a los colombianos más vulnerables. Entonces, como recordatorio, aquí van dos observaciones. Primero, la seguridad está en el centro de la política: es el problema estatal y político por excelencia. Y claro que hay que hacer política con ella: política de la grande. Política que salve vidas. Que responda al clamor público: pues los colombianos queremos, exigimos, seguridad para todos. Pero, segundo, un uribista no puede venir a decirnos que este es un tema vedado para el debate. Pues el núcleo programático del uribismo reside precisamente allí. El caudillo desarrolló toda su turbulenta carrera sobre la base de la politización de la seguridad. Construyó su alguna vez aplastante popularidad sobre ella. ¿Desde dónde nos hablan los señores Trujillo y Ceballos? ¿Ignoran de quién reciben órdenes?

También es necesario decir que la respuesta gubernamental a las masacres es politiquera e insensata. No quiero ser particularmente desapacible, pero no encuentro otras palabras. Dicha respuesta consiste en tres operaciones. La primera es achacarle la culpabilidad de todas las masacres “al narcotráfico”. Ese marbete se le aplica indistintamente al Eln, a grupos herederos de los paramilitares (el llamado Clan del Golfo, es decir, las Autodefensas Gaitanistas), a las disidencias de las Farc, así como a combos regionales y locales y grupos que se dedican exclusivamente al tráfico de sustancias ilícitas. Cierto: todas estas agrupaciones están involucradas en las economías ilegales. Sin embargo, meterlos a todos en un mismo saco es la garantía de NO encontrar respuestas serias a la tragedia que vive el país.

La segunda operación consiste en identificar narcotráfico con cultivos ilícitos. Lo que lleva a la tercera, que es plantear como gran solución las aspersiones aéreas de los cultivos.

¿Sí ven? Insensato: nadie que esté fuera de la franja lunática cree en serio que las masacres se puedan parar a punta de fumigaciones. De hecho, con toda probabilidad estas incrementarán la violencia (a veces letal, a veces también por parte del Estado) contra los colombianos. Es que en aquella “explicación” nada cuadra con nada. ¿Han solucionado las fumigaciones algún fenómeno de violencia en el pasado? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo y por qué? ¿De pronto en otro país? ¿Podrían nombrar algún precedente? No. No tienen nada. Es una retórica vacía, que no se apoya en un átomo de evidencia.

Y, sí, politiquera: pues con aquella retórica se matan dos pájaros de un tiro. Por una parte, imputarle las masacres al gobierno de Santos y al proceso de paz, debido al aumento de cultivos de coca con el que estuvieron asociados. Por la otra, consolidar su alianza con Trump a través de las fumigaciones. Dos objetivos perfectamente tangibles y fáciles de entender. Pero la defensa de la vida de los colombianos no pasa por ahí.

Lo que me lleva de nuevo al tema de la seguridad. La idea básica del uribismo es que la paz había deteriorado la seguridad. Necesitábamos la segunda, no la primera. Pero ahora los colombianos vemos con angustia que nos quedamos sin el pan y sin el queso.

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