Por: Arturo Charria

¿Políticos sin ideología?

Actualmente se piensa que lo importante en política es no tener ideología. Muchos candidatos se muestran como outsiders y, desde esa posición, esperan capturar todos los votos que están a la deriva, como un remolino electoral.

Esta idea de aspirar a ser el candidato conciliador, que no genera disputas, se ofrece como una alternativa a la polarización. Argumento falso que oculta la piel de lobo de muchos políticos, pues la falta de una línea clara en ellos impide develar sus verdaderas intenciones y no le permite comprender al elector cuáles son los límites de dichos candidatos al momento de gobernar.

Así, el debate está en pensar que la llamada polarización en sí misma es mala, cuando en realidad es parte de la dinámica política que nos hace establecer distintas prioridades y preferencias sobre los asuntos públicos. Las dificultades se presentan cuando estas preferencias se convierten en políticas que niegan los derechos y las libertades a un grupo social. En este, como en todos los casos, deben prevalecer el Estado de derecho y las instituciones.

En su afán de despojarse de la “molesta” ideología, algunos candidatos confunden el ejercicio de la política con una sala de operaciones en donde todo debe estar esterilizado. Se reniega de los partidos políticos porque están “sucios”, pero se aceptan sus adhesiones; se ataca a los políticos tradicionales, pero cuando llegan a sus campañas los reciben con los brazos abiertos.

Entonces la oferta electoral se llena de matices y hay para todos los gustos: centroizquierda, centroderecha, centro de verdad. Y, en lugar de ser partidos políticos con ideología, parecen representar el pensamiento nihilista que anticipaba Nietzsche en el ocaso de su vida: “Alrededor de cada aquí gira la bola del allá. El centro está en todas partes”.

Pero nada está desprovisto de ideología, todas nuestras decisiones están atravesadas por ella y ahí está el cuestionamiento que debemos hacer a la política que busca ser aséptica. Pues esta tendencia contemporánea de “políticos sin ideología” ha creado una especie de monstruo: el hacedor de políticas públicas que ejerce su poder desde la superioridad racional y moral de la técnica, a quien con frecuencia se le escucha decir: “Yo no soy político, soy técnico”. 

Según la Encuesta de Cultura Política del DANE (2017), la mayoría de los colombianos se identifican ideológicamente con el centro: 37%, mientras que el 10,3% se consideran de derecha y el 4% de izquierda. Esto, más que evidenciar una tendencia política, muestra la incapacidad del elector de identificarse ideológicamente con una corriente de pensamiento. El centro parece despojar de responsabilidad a los electores, como si ubicarse en este espacio los eximiera de posibles decisiones que tomen los políticos cuando gobiernan. Los candidatos conocen estas encuestas y se desdibujan en sus posiciones para que los votantes se sientan identificados con su aparente neutralidad.

De ahí la importancia de tener más partidos políticos fuertes y menos candidatos outsiders que construyen su capital electoral desde un discurso antipolítico, como si en realidad no fueran parte del sistema. Sin embargo, el problema más grave no es el engaño al elector, sino que muchos de los políticos que ganan con este discurso, una vez en el poder, no tienen claro qué es lo que deben hacer o, lo que es peor, lo que quieren hacer.

@arturocharria

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