Por: Esteban Carlos Mejía

Politólogos de cafetería

Voy a jugar un chico de billar con Vicente Carbonell, parcero del alma. Chente es un casi cincuentón bien tenido: aparenta el 80% de los años que tiene. Soltero, mujeriego, buena vida. Cuando se lo presenté a Isabel Barragán le dije que era un catano interesante.

Lo chequeó de arriba abajo. “¿Catano?”, se extrañó. “¡Catanazo!”. Trabaja como negro, según se dice en España. O sea, es ghost writer, escritor fantasma. Escribe para otros, en el más ominoso de los anonimatos. Por estos días tiene poco camello. “Ahora hasta los gobernadores biches y los alcaldes progresistas improvisan sus discursos”, me dice con resignación. Duras o tibias razones por las que, aún sin haberse retirado, le sobra tiempo libre.

En el salón sólo hay hombres, jóvenes o jubilados, con pensión o sin pensión. En el fondo suena don Alcibiades Alfonso Acosta Cervantes, más conocido en el bajo mundo del corazón como Alci Acosta: “Ahora verás lo que es tener las alas rotas, ahora sabrás lo que es sufrir con la derrota”. “Somos politólogos de cafetería”, dice Vicente con una risita sardónica. “A los colombianos nos gusta rajar de los políticos, en voz baja o a los gritos, al azar, con imprecisión y ambigüedad. Eso nos desestresa”. Por ahora el único estresado es Alcibiades: “Tenía que cansarme alguna vez de tus mentiras, tenía que cansarme de rogar todos los días”. Hablamos del Cauca y de la resistencia indígena. “Sin Farc no hay guerra, sin guerra no hay Uribe(s)”, dice, de improviso. Le echo tiza al taco, algo cohibido por el desparpajo de su opinión. “Con los exabruptos y el bandolerismo de la guerrilla, Uribe tiene combustible para rato. Ahí, por ejemplo, lanzó ese presunto Frente contra el Terrorismo”. “Puro Centro Democrático”, digo. “Mero truco propagandístico”, se burla. “Uribe es godo, y punto”.

Taco burro una y otra vez. Ya Vicente me lleva seis o siete carambolas de ventaja. Y Acosta Cervantes sigue incansable: “pero ha llegado sin piedad el contragolpe”. Aprovecho para referirme al conflicto Uribe-Santos. “Cuando los pícaros pelean, la gente honesta siempre gana”, dice. “Mientras más se agudicen las contradicciones entre esos dos, mejor para Colombia. Aprenderemos, por fin, a apreciar los matices”. “¿No pues dizque ambos son de extrema derecha?”. “¿Quién dice?”, me pregunta. “El senador Robledo”, le contesto. “Se le nubló la vista”. “¿Cómo así?”, me escandalizo. “Para quienes están en las puntas del arco iris político el mundo se vuelve blanco o negro, cero grises. Robledo ubica a Santos y a Uribe en la extrema derecha, sin apreciar sus diferencias formales, más profundas de lo que parecen. Uribe, con igual falta de sutileza, ubica en la extrema izquierda a tipos tan distintos y distantes como Petro y Robledo”. “Pero ya es tarde para cargos de conciencia, y en el pecado llevarás la penitencia”, apunta Alci Acosta, politólogo también. Vicente se ríe satisfecho: “¿El chico era a cincuenta carambolas, cierto?”.

Rabito de paja: “El liberalismo está domesticado: limpio de ideas liberales, falto de arrestos para la lucha política, satisfecho con su porción de prebendas, a gusto en la condición de partido de minoría”: Alfonso López Pumarejo, hacia 1928.

 

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