Polonia sigue con Duda

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Aunque el desdibuje de los partidos ha llevado a que haya elecciones que simplemente ofrecen la opción de escoger entre proyectos paralelos, de vez en cuando se plantean rutas alternativas. La reciente elección presidencial en Polonia llama la atención sobre una amplia gama de asuntos por tramitar en una etapa del desarrollo de la democracia caracterizada por la exigencia de nuevas configuraciones.

Andrzej Duda, sorpresivamente elegido presidente hace cinco años, recorrió, e hizo recorrer a su país, el tortuoso camino hacia la reelección, con su carga claroscura de interés personal, satisfacción de vicios y vanidades derivadas del ejercicio del poder, y puesta del aparato del Estado al servicio de la causa reeleccionista, que en todas partes tergiversa los programas políticos y las actuaciones de los gobiernos. Todo para terminar, en este caso, con un triunfo por escaso margen, de esos que dejan en el ánimo de ganadores y de perdedores el sinsabor de un premio no muy merecido.

Ante la zozobra que implicaba la oscilación de la balanza en favor de las ideas conservadoras del Presidente Duda, o de las más liberales de Rafal Trzaskowski, alcalde de Varsovia, ambos de 48 años y con porte de comandantes jóvenes, la segunda vuelta motivó una participación propia de momentos cruciales. El espectro de propuestas de los campos opuestos, aunque con fronteras flexibles, iba más allá de una nueva edición del enfrentamiento político entre el gobernante nacional y el de la capital, por lo general a la vanguardia de las causas progresistas. También se trataba del trámite de diferencias entre la ciudadanía rural y la urbana, entre aldeas y ciudades, entre reclamantes de soluciones por parte del Estado y creyentes en el emprendimiento, y entre jóvenes y viejos.

Jaroslaw Kaczyński, jefe histórico del partido Derecho y Justicia, y líder de quienes proclaman una mezcla de Estado benefactor y puritanismo católico, proyectó sobre el escenario la sombra de nubes cargadas de neopopulismo y nacionalismo, cuyo espectro se extiende por uno y otro país, con las particularidades propias de cada cultura, sobre fundamentos comunes de discriminación social y elevación de fronteras simbólicas. Así aparecieron en la campaña mensajes deletéreos para la nueva sociedad democrática, bajo la forma de bálsamo para sectores sociales desvalidos y reminiscencia bucólica para el alma de antiguos beneficiarios gratuitos de privilegios de la era comunista.

Para la muestra, Kaczyński no vaciló en defender medidas de gasto público propias de un “Estado providencia” que no espera compensación por sus esfuerzos, al tiempo que descalificaba a Trzaskowski de “carecer de alma polaca”, por el hecho de no haberse comprometido a “polonizar” otra vez los medios de comunicación y por “defender la causa antipatriótica” de considerar siquiera los reclamos de restitución de bienes en favor de los judíos de Polonia, que fueron objeto de brutal e injusto despojo en la Segunda Guerra Mundial. Huellas de la pretensión de feriar el erario y controlar los medios, así como del reprochable retorno del antisemitismo.

También se asomó, de cuerpo entero, con motivo de la campaña electoral polaca, la significación política creciente del trato social, político e institucional hacia la comunidad LGTB, y similares, que se ha convertido en asunto de discusión pública relacionado con las libertades individuales, la tolerancia y la aceptación o rechazo de nuevas formas de familia. Asunto que en un país de militancia católica tan poderosa que jugó papel definitivo en el derrumbe del régimen comunista, lleva a profundidades más hondas que las de países de religiosidad liviana.

Aparte del interés que haya despertado el proceso electoral, existe y subsiste, desde la mirada de las otras democracias, y de las instituciones de la Unión Europea, honda preocupación por el hecho de que el triunfo de Duda no promete nada nuevo respecto del desmonte de parámetros de funcionamiento del sistema judicial, y de la designación de jueces de las altas Cortes, que según Bruselas contradice de manera flagrante elementos esenciales del Estado de Derecho. Se trata de la adopción de reformas que permiten injerencia indebida del ejecutivo en la configuración de los altos tribunales. Algo parecido a lo que tenemos y no hemos sido capaces de erradicar en Colombia. Que aquí nos parece normal pero que, en escenarios con amplia luminosidad y rigor institucional, resulta inaceptable.

Ahí continúa entonces, con motivo de unas elecciones aparentemente lejanas, el desfile de una serie de problemas que, bajo las formas particulares de cada contexto nacional, denota fatiga y desencanto con la forma como funcionan las democracias de nuestra época. Algo quieren los ciudadanos, que los políticos no han interpretado bien, aunque tratan de identificar, por ahora con el ánimo de ganar elecciones, sin haber sido capaces de llagar más al fondo. Se nota la ausencia de propuestas que vayan más allá de programas diseñados para decir lo que la gente quisiera oír, a sabiendas de que, con solo vociferar, o escuchar, no se consigue demasiado. Como si ciudadanía y clase política anduvieran lo mismo de despistadas. De manera que no solamente en Polonia siguen con dudas.

Esas muestras de insatisfacción, y la evidencia de desajustes políticos e institucionales, que asoman por todas partes, no son otra cosa que expresión de la oleada de mutaciones que involucra hoy al mundo en todos los campos. Mal podrían sustraerse a ella las disputas por el poder, que implican diversas interpretaciones del presente y plantean nuevos requerimientos normativos y de organización institucional hacia el futuro. Ante ese panorama, en lugar de caer espantados en el abismo de la confusión, es deseable y urgente impulsar transformaciones políticas y culturales que han de comenzar con una autocrítica sensata de aquello que no hemos hecho bien.

En ese orden de ideas, es preciso identificar a tiempo las insuficiencias y las fisuras de cada sistema político que se reclame como democrático, y luchar para que no se repitan los errores del pasado, que permitieron la exacerbación del populismo y de nacionalismos beligerantes que terminaron por depredar la paz y la libertad. Las restauraciones obligadas de la post pandemia representan una nueva oportunidad de adoptar acciones políticas e instituciones que respondan a los anhelos populares de respeto por las libertades, fortalezcan el compromiso social de todos los sectores, y consoliden la igualdad de oportunidades, que son premisas fundamentales de la paz, dentro y más allá de todas las fronteras.

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