Por: Mauricio Rubio

Polvos que se perdieron

“Uno nace con los polvos contados. Polvo que no se echa se pierde irremediablemente”, dicen que dijo Gabriel García Márquez sin imaginar la magnitud que alcanzaría el desperdicio.

A pesar de que los tabúes y restricciones al sexo casi desaparecieron, la juventud gringa está dejando de tirar. Entre adolescentes, el primer polvo ha sido aplazado: la proporción de estudiantes vírgenes pasó del 46% al 60% en tres décadas. A los millennials hasta les aburre salir, proclama Vice, que deberá llamarse Chastity. El embarazo adolescente descendió al tercio del máximo observado alguna vez. Esa baja, bien recibida en los 90, fue el primer síntoma de lo que se denomina la “recesión sexual”. Las nuevas generaciones tienen menos parejas que sus padres y abuelos. La frecuencia de polvos con la misma persona tambien disminuyó.

Para Helen Fisher, experta en relaciones amorosas, la tendencia norteamericana es inequívoca. “Soy Baby Boomer, y todo indica que en mi época la gente tenía mucho más sexo que hoy”. Ella lo atribuye a una baja en la formalización de parejas durante el último cuarto de siglo: mucha gente no se casa o lo hace más tarde. Al principio se pensó que menos matrimonios corresponderían a más uniones libres. Pero este arreglo, aunque ha aumentado, no compensó la caída en nupcialidad. El efecto neto sobre la frecuencia sexual es negativo: las personas solas o parqueadas en su hogar de infancia tiran menos que las parejas viviendo juntas.

Tendencias similares se observan en varios países desarrollados. Pocos gobiernos husmean las camas de sus ciudadanos, pero cuando lo hacen constatan que progresivamente sirven sólo para dormir. En Gran Bretaña, Australia, Finlandia, Países Bajos e incluso Suecia se pierden toneladas de polvos. Las sociedades más monogámicas tienden a la soltería; las poligámicas, no se sabe. La situación colombiana es cuento aparte pues solo algunas élites comparten ese tedioso panorama.

Kate Julian, periodista del Atlantic, hizo una juiciosa investigación sobre el fenómeno. Consultó diversas fuentes, entrevistó profesionales de la sexología y las ciencias sociales; habló con terapeutas, curas, pastores y responsables de la educación sexual de adolescentes. Pero pasó por alto la larga campaña del feminismo contra el matrimonio, insólitamente interrumpida para apoyar el de homosexuales. No habla de “rape culture”, apenas menciona el #MeToo, que mezcló acoso grave con evidente aversión al flirteo, y no reconoce las diferencias universales entre sexualidades femenina y masculina, a pesar de que ofrece testimonios sobre una crucial: la mayor reticencia de ellas al sexo con extraños. Cuando contó en algunos foros que a su marido lo conoció en un agreste ascensor, varias interlocutoras manifestaron que si un tipo cualquiera las abordara así se sentirían acosadas, casi agredidas: “¡Atrevido! ¡Aléjese de mí!”.

Es bien raro oír quejas masculinas por una desconocida entradora o coqueta. Equiparar mujeres y hombres en el plano sexual, desconociendo biología, psicología, antropología, sexología, sabiduría ancestral, sentido común y observaciones elementales, infantiles, ha sido un nefasto aporte del feminismo a la incomprensión y los desencuentros iniciales en las relaciones de pareja. Por eso las explicaciones de Julian para la recesión sexual son insuficientes. En particular, silencian las dificultades actuales, para ambos géneros, de buscar sexo real, excitante, no imaginario, ni deformado por unas supuestas empatías imposibles: “¡Yo jamás haría eso!”. Como cualquier aventura juvenil, la seducción no puede reducirse a un minucioso contrato con pautas definidas en comité previo, insípido, matapasión.

Estas conjeturas son insuficientes para entender al líder indiscutible en soltería, Japón, donde la retórica feminista ha sido activamente neutralizada. Allí, hace más de una década, un tercio de la población entre 18 y 34 años era virgen. Diez años después la proporción aumentó al 43% y casi la mitad de matrimonios no tiraron durante el último mes. Los soushoku danshi –machos herbívoros– no cortejan mujeres, ni buscan el éxito económico. “La nueva taxonomía del déficit de sexo japonés incluye términos como hikikomori (encerrados), parasaito shinguru (personas solteras mayores de 20 que viven con sus familias) y otaku (fanáticos, obsesivos, especialmente de anime y manga). Todos contribuyen al shinai shokogun (síndrome del celibato)”.

Volviendo a terrenos familiares para Kate Julian, sin entrar en intimidades, traigo a colación un incidente ocurrido durante un seminario académico. Simona Sharoni, profesora de estudios de género, preguntó en un ascensor lleno a qué piso iba cada persona. Richard Lebow, también profesor, respondió “al de ropa interior femenina”. Aunque hubo risas, Sharoni puso una queja formal por acoso. Sería absurdo pretender que la intransigencia ante chistes flojos, ya ni siquiera piropos, no contribuye al lánguido shinai shokogun contemporáneo. La célebre máxima de García Márquez ya no deberá limitarse a los polvos que alguien decide no echarse. Habrá que sumarles aquellos que la nueva policía de costumbres reprime implacablemente desde la más leve y remota insinuación.

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