¿En manos de quién va a quedar Medellín? Esto es lo que proponen los candidatos a la Alcaldía

hace 1 hora
Por: María Teresa Ronderos

Poner en vilo la vida para vivir

Los 64 viajeros que rescató la Armada Nacional en Acandí hace cuatro días, y que venían en un barco que se hundía mientras viajaban de Turbo hacia Panamá, son originarios de ocho países: Cuba, Camerún, India, Afganistán Arabia Saudita, Nepal, Sierra Leona y Yemen. “Nada justifica poner su vida en manos de terceros a quienes sólo les interesa el dinero”, dijo en visita previa al Golfo de Urabá Christian Krüger, director de Migración Colombia. ¿Nada?

Quizás estos cubanos y saudíes que llegaron a Acandí huyendo de sofocantes dictaduras piensen diferente. Los afganos y yemeníes escapan de las guerras porque creen que vale la pena arriesgar la vida para vivir de veras. Los sierraleoneses, los nepalíes y los indios se hartaron de aguantar miseria y la sola idea de que se puede trabajar en algo digno les dio el coraje para lanzarse a esta peligrosa travesía. Cada historia es diferente y los males del mundo se mezclan: donde hay guerra, hay miseria, y donde hay ambas generalmente suele haber represión política.

Irse a otro lado. Volver a empezar. Es una ilusión tan antigua como humana. Puede haber unos 20.000 viajeros clandestinos pasando por el Darién desde Asia, Africa, Cuba y Haití. Las cifras son de autoridades locales. Intentan atravesar la selva de la frontera a pie o cruzar en lanchas a Panamá. Entre 2018 y enero de este año la Armada rescató 751 migrantes de las aguas. Llegan por olas de nacionalidades. Todos son jóvenes. Los haitianos cargan con sus niños.

En un conmovedor relato de France24, Philo Luzengomo Kasungo y Karamba Moubassa Kone dijeron que llevaban un mes viajando. En su país, la República Democrática del Congo, han caído asesinadas seis millones de víctimas civiles en guerras internas y hoy combaten el ébola. Karamba va a Estados Unidos y lo dice con la certeza de un pasajero cualquiera que está a punto de subirse a un avión. Casi riendo.

Los traficantes de migrantes los llevan como en carrera de postas: en avión de su país a Ecuador o a Venezuela, de allí en bus por todo el territorio colombiano hasta el Darién, el largo de Centroamérica, México y de ahí a tratar de entrar a Estados Unidos. A veces les suministran pasaportes bolivianos o israelíes falsos. Pagan hasta US$10.000. Los “coyotes” se comunican por mensajería instantánea, dice una experta ecuatoriana, y saben exprimirlos hasta quitarles todo. Si en Colombia los pescan con documentos falsos, los deportan. No importa de cuál tragedia estén huyendo, qué tan maltrechos estén. De vuelta a Cuba, a Yemen, al Congo, a la vieja tristeza, pero ahora sin esperanza. Pocos se quedan aquí. En 2018 le dimos refugio oficialmente a 142 personas, lo que no incluye a los 1,3 millones de venezolanos con un permiso especial más limitado. En 2017, dice Acnur, otros países dieron asilo a 191.000 colombianos. Podríamos tener mejor balance.

Muchos consiguen pasar el Darién o mueren en el intento, sin que sus familias sepan a dónde cayeron. Almas caritativas les dan auxilio en Capurganá o en Acandí. Panamá anunció que construirá un albergue en Metetí para 400 personas. Llegan pocos a destino. Anteayer en Tapachula, México, muchos protestaban, varados, sin agua ni comida. Abdul Majid de Ghana sí pasó el tapón selvático y llegó a Estados Unidos. Es el anhelo de estos tenaces viajeros. Y será afortunado el país que los reciba porque nadie trabaja más duro que un migrante al que le han dado la oportunidad de empezar de nuevo. Que lo digan los 2,7 millones de colombianos que se fueron de aquí a triunfar en el exterior.

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2019-04-16T02:00:57-05:00

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2019-04-16T02:15:01-05:00

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