Por: Pascual Gaviria

Ponerle veneno

Las novelas con ilustres enfermos envenenados han vuelto a la prensa. Cada tanto es necesario sacudir los huesos de algunos mártires en busca de las huellas de una conspiración.

 Morir de cáncer no puede ser el destino adecuado de un guerrero o un poeta de masas. Además, las viudas se aburren y comienzan a imaginar historias brumosas y a desentrañar enemigos. Es necesario tomar la calavera gloriosa y corriente, mirarla a las cuencas y pedirle que entregue una última historia, un rastro de polonio-210, un poco de arsénico que manche la blancura del cráneo. Estamos aburridos de espías informáticos, de burócratas militares sin ángel como Bradley Manning y hackers audaces como Snowden, es necesario volver a la vieja guardia que entregaba la mueca amarga de los envenenados.

Hay tres equipos científicos esculcando sesenta muestras de los huesos de Yaser Arafat. La escena de recolección de restos debe ser algo similar a cortarle las uñas a un esqueleto. La radiación en el armario del líder palestino dio la primera pista: la kufiyya debía brillar en las noches de insomnio de Suha, su viuda. Una pizca de polonio-210 del tamaño de una mota de pimienta pudo ser suficiente para matar al Rais. Es la tercera vez que abren el cofre de Arafat y no será la última. Ahora los científicos no se ponen de acuerdo sobre lo que dicen los huesos del cadáver. Para los suizos fue envenenado, para los rusos es imposible llegar a otra conclusión y los franceses tienen todavía su moneda en el aire.

El caso de Neruda es menos poético. La legión de herederos —políticos, económicos, líricos— se pelean la biografía del hombre y cada uno propone un fin acorde a sus fines. Aquí el supuesto culpable no es un veneno invisible, sino una vulgar inyección aplicada al poeta en un hospital chileno apenas 12 días después del golpe a Allende. El propio Neruda les habría comentado el asunto a Matilde Urrutia, su última mujer, y a Manuel Araya, el chofer de confianza del poeta. Pero parece que a la señora se le olvidó el detalle y Araya lo recordó solo al cumplirse el aniversario 40 de la muerte del poeta. El conductor contó hace meses que “Pablito” lo llamó a decirle que se sentía mal luego de una inyección traicionera. El equipo de médicos legistas, toxicólogos, arqueólogos, fotógrafos forenses y antropólogos llegó hasta la Isla Negra hace unos meses. Ya tendremos las fotos para una edición especial de poemas sobre la muerte. Lastimosamente dicen que la osamenta estaba sana y salva: no se encontró veneno alguno entre los restos. El partido comunista no se contenta con un maldito cáncer de próstata y pidió ir hasta la médula del asunto: “hay elementos que desaparecen con el tiempo, como el gas sarín. El caso no se cierra hoy día, vamos a solicitar nuevas muestras”.
Hace años, cuando los envenenamientos se democratizaron y salieron de los palacios para engalanar las riñas domésticas y las comisiones de los empleados funerarios, un juez inglés entregó la frase que resume el interrogante detrás de todos los mitos venenosos. El pueblo pedía la condena de una mujer acusada de matar a su esposo y las pruebas no daban evidencia suficiente. El hombre les gritó a los médicos desesperado desde su peluca majestuosa: “sacad el veneno donde está escondido, mostradlo y yo la condenaré”.

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