Rabo de ají

Pontífice y apóstata

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Coincidir en el tiempo de su gloria, compartir algo de su genialidad y su tragedia fue suficiente para hacerme sentir parte de un grupo selecto, de una cofradía afortunada, de los habitantes de un momento excepcional. Su muerte, esa recurrente noticia falsa, al fin había resultado cierta, la tonta idea de una Iglesia maradoniana se acababa de concretar y me convertía en un feligrés inesperado, me daba una lección por descreído: aunque hacía tiempo no seguía sus correrías de técnico desde la raya ni sus declaraciones de muñeco sin pilas por canchas y palacetes, la muerte de Diego Armando Maradona me pasmó de recuerdos, logró que cerrara los ojos y llorara viendo un partido viejo. ¿Llorar en diferido?

Pero muy pronto estuvo claro que la Iglesia era vasta y que no se necesitaba haber gritado sus goles del 86 ni haber visto sus gestas de renegado con en Napoli; también muchos de quienes solo lo conocieron como triste comediante, como productor de frases y escándalos, lo adoraban sin remedio. Quince minutos luego de recibir la noticia en una cabina radial y soltar dos o tres frases aturdidas, estaba en el ascensor con un señor que limpiaba los botones y el espejo. Entré y me recibió con una frase y una actitud mortuorias: “Se murió Maradona”, me dijo. Le respondí con un sí lacónico, todavía pensando en lo poco que había dicho frente al micrófono. Llegamos al primer piso y el señor seguía limpiando el espejo, se abrió la puerta y, sin mirarme, hablando con su imagen, dejó una frase que se ha repetido millones de veces en una semana: “Era el más grande”.

No solo hubo drama en el ascensor. También la comedia hizo parte de ese duelo escandaloso. Unas horas después iba en bicicleta, subiendo una loma en honor al 10, en una especie de peregrinación, cuando pasó un carro con el copiloto vociferando por la ventanilla: “Vamos, vamos, boludo”, me gritó. Yo no tenía ninguna seña que indicara que iba dándole vueltas a su canción para acompañar las vueltas a la cadena de la cicla, pero el ambiente era argentino, una parte del mundo pensaba con su acento, hacía su propio ritual maradoniano de forma inconsciente. Un día después terminé cantando tangos con mi mamá, tangos y goles viejos, goles eternos.

Tal vez eso de declararse perseguido desde siempre ayudó a forjar una imagen reluciente, esa estampa para los afiches, los muros, las pantallas. En el metro todos los celulares en las manos de los pasajeros proyectaban una imagen de Maradona, son las luces de hoy, las velas de nuestros ritos solitarios frente al teléfono. Pero hablaba del Maradona víctima, del triunfador que celebraba frente a las adversidades ciertas o imaginadas, que mientras más lo coreaban más cercado se sentía. En México reprochó a los hinchas locales: “Gritaron los goles de los alemanes como si los hubiera metido Hugo Sánchez…”. Antes había dicho que en Argentina los putearon y los “quisieron voltear desde el gobierno”. Luego en Nápoles eran los gritos racistas contra la ciudad y el equipo. En Italia 90 silbaron el himno argentino, “por eso dije, vocalizando clarito, para que entendieran todos: «Hijos de puta», estaba dispuesto a pelearme con todos…”. Eso en la tribuna. En la cancha estaba el árbitro Codesal, que cobró un supuesto penal de Sensini sobre Völler, “nosotros dejamos el alma pero no se pudo, contra la mafia no se pudo”. En Estados Unidos 94, cuando le “cortaron las piernas”, fue el gesto dulce de una enfermera que lo llevó al cadalso para una muestra de orina. Unos días antes había gritado el gol a Grecia con toda su rabia, “se lo grité a la cámara para que todos se enteraran de que había vuelto…”.

Queda claro por qué Nápoles, La Habana, Sinaloa fueron algunos de sus refugios, tierras de señalados y paranoias, de glorias turbias, de elegidos para largos reinados.

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