Por: Cartas de los lectores

¿Ponzoña antiuribista?

Leí con interés la entrevista que Cecilia Orozco le hizo al empresario y académico antioqueño Nicanor Restrepo S. el domingo.

Como periodista que soy, me llamaron la atención varias cosas: que de las 19 preguntas publicadas, en 16 aparece el expresidente Uribe como motor forzoso de tales preguntas, pero con una ponzoña claramente antiuribista; que en 13 de las 19, la periodista expresa opiniones eminentemente subjetivas, las que, por lo mismo, en mi concepto, debió decirlas en un espacio de opinión; que en varias de sus preguntas se empeñaba en querer arrancar del entrevistado no sólo afirmaciones antiuribistas, sino obtener que reconociera que Antioquia no quiere al presidente Santos y que sostuviera que algunos de los medios periodísticos de esta región muestran hacia el primer mandatario unos sentimientos en contra que no representan los de sus habitantes, aspectos estos que estaban en línea con las ideas de la periodista. Confieso que pocas veces había leído una entrevista tan “cargada”.

Ignacio Arizmendi Posada. Medellín.

Con agua en la boca

Alberto Donadío ha despertado hoy este ánimo de compartirle mis cuitas (“Hernando Giraldo”). En efecto pertenezco a esos “mayores de 60” que abrevaron en El Espectador diversas fuentes columnarias edificadas bajo la voluntad de los Cano, sus mayores. No sólo fue Hernando Giraldo quien se convirtió en fuente diaria de estímulo para ejercer un oficio que prometía, recién caído Rojas Pinilla, espacios para decir algo “sin agua en la boca”. También lo fue el Cófrade, mi mentor para colgar entre mis medallas mozas algunas columnas publicadas por El Espectador en 1974, varias de ellas depositadas en las manos de don Guillermo allá en la Avenida 68. Razones de peso estas, por las cuales miro compadecido algunos temores que los herederos de don Guillermo les han llevado a evitar que su periódico, contrariando al de sus mayores, admita que se pueda escribir “sin agua en la boca”, ¡oh paradoja! (porque en los años 70 escribía gratis). Casi 40 años después de aquellos años, siento alguna pesadumbre porque el joven que por entonces en medio de un país en reconstrucción escribía sin agua en la boca, hoy por hoy tiene que medir sus palabras para verlas emitidas en el rincón que nos ha quedado en la columna del lector.

Midiendo palabras ahora que las balas siguen sonando por todas las esquinas. Ahora que los caudillos siguen trepidando terrorismo por doquier. Los anónimos hoy, no como antes, estamos forzados a medir nuestras palabras. ¡Vivir para sentirlo (y decirlo)!

Bernardo Congote. Bogotá.

 

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