Por: Eduardo Barajas Sandoval

Populismo en las explicaciones del mundo

Mientras vivimos bajo el asombro de los adelantos de la ciencia y nos preparamos para resolver las incógnitas que plantea la inteligencia artificial, surgen interpretaciones del presente, y del futuro, que desordenan discusiones trascendentales, cuando no abogan por volver al pasado.

En diferentes campos, en lugar de armar una controversia ordenada, sobre la base de evidencias y argumentos rigurosamente sostenidos, parece que viviéramos bajo el impacto de epidemias de rumores. Así, se descalifica a quienes marcan la frontera de la ciencia, o simplemente se busca imponer afirmaciones o negaciones que, gracias a su circulación por las redes sociales, se abren campo para llegar a conclusiones ligeras respecto de fenómenos de importancia para el género humano y su convivencia.

Nada tiene de malo que cada avance científico, o cada nuevo intento de interpretación del mundo, reciba respuestas que pongan a prueba su solidez. El problema radica tal vez en la reiterada aparición de una seudociencia, que trata fenómenos naturales, problemas de salud o aspectos críticos de la vida en sociedad con un vocabulario aparentemente científico, mezclado con consideraciones políticas y subjetivas, de índole religiosa o fruto de cualquier fanatismo, para llegar a conclusiones fáciles de entender, que pretenden aclararlo todo, con una cierta carga de ideología. Por ese camino, a los problemas científicos se responde con argumentos políticos o simplemente con posturas sentimentales. Con todas las consecuencias que ello pueda traer.

No cabe duda de que internet, con sus posibilidades de acceso prácticamente universal a todos los temas y la posibilidad de comunicar el pensamiento de cada quien en todas direcciones, vino a preparar un escenario tan amplio como el mundo mismo para el ejercicio del derecho elemental, insustituible e inalienable de decir, mostrar, sugerir o interpretar lo que bien nos parezca, en ese amplio tinglado en el que, aparentemente, todos somos iguales.

Lo anterior ha llevado a que las opiniones que sean resultado de trabajo científico riguroso, a lo largo de años y de ejercicios dispendiosos, puedan terminar siendo arrolladas por expresiones de posturas que no traen el mismo bagaje ni el mismo rigor. No obstante, éstas últimas circulan prácticamente en igualdad de condiciones ante un público que prefiere leer y asimilar lo que le queda fácil, que es lo que resulte más superficial, y con mayor carga sentimental, revestida de unas palabras de apariencia científica.

Entre los extremos de los practicantes del absoluto rigor tradicional, fruto del proceso de la experiencia más responsable posible del progreso de la ciencia, y los especuladores espontáneos, existen, como en todo, posturas intermedias que hacen las cosas más complicadas, cuando personas con cierta autoridad científica, pero sobre todo conocedoras del lenguaje adecuado, aprovechan su “atuendo” para entrar en el mundo de la especulación y del mercado de los conceptos de poca densidad.

Es como una especie de populismo que, como el político, convoca a ciudadanos inermes, ávidos de explicaciones sencillas, y les provee de respuestas que dejan satisfechos no solamente a sus pregoneros sino a grupos crecientes de personas que, como en la vida política, están más que dispuestas a propagar, con todo entusiasmo, las explicaciones que sean necesarias, con suficiencia y convicción que, a punta de repetirlas, las van convirtiendo en verdades.

Son muchos los campos específicos de manifestación del fenómeno. Pero hay unos respecto de los cuales la misma controversia desatada, en medio del desorden ya descrito, amenaza con traer consecuencias preocupantes para toda la humanidad.

El primero es el del cambio climático, respecto del cual hay personas, y hasta gobiernos, que frente a uno u otro de los elementos del conjunto del problema se ubican en los extremos de las posturas alarmistas y negacionistas. Las firmas de la Convención Marco de las Naciones Unidas, el Protocolo de Kioto y el Acuerdo de París no han sido suficientes para que en todo el mundo se esté cumpliendo con los compromisos adquiridos. Pero no se trata solo de eso: existen corrientes negacionistas respecto del problema, como existen quienes consideran que “después de todo la Tierra es plana”.

Quienes se oponen a las vacunas han agitado las aguas a tal punto que la Organización Mundial de la Salud considera que precisamente esa actitud se convierte, en sí misma, en una grave amenaza contra la salud de la humanidad. Por eso advierte que, de no avanzar con el ritmo que el manejo de la vacunación requiere, presenciaríamos el retorno de enfermedades aparentemente superadas y la aparición de mutaciones y nuevas epidemias de consecuencias imprevisibles.

El propio y manido nacionalismo, llevado a ultranza, pretende la existencia de “ciencias nacionales” aisladas. En lugar de promover el diálogo y la cooperación en materias de interés general, con el debido respeto a las patentes y a la protección de ciertos sectores estratégicos, busca confrontaciones que comienzan por tramitarse en asuntos “ligeros” y pueden terminar en la guerra.

Son muchos los campos en los cuales el avance de estos y de muchos otros procesos plantea retos enormes y urgentes. En primer lugar, en el campo del desarrollo científico, en el que cualquier trabajo seria y rigurosamente desarrollado termina siendo manoseado por contradictores improvisados que, por el hecho de tener acceso a las redes, se consideran en plan de igualdad.

También plantea serios problemas para la enseñanza de la ciencia, y en general para la educación. De pronto investigadores y profesores tendrán que afrontar la resistencia de estudiantes cargados como nunca de prejuicios ideológicos, y la de colegas que practican la llegada a conclusiones por atajos. Para no hablar del orden mental reducido que se puede derivar de escuelas que partan de la base de que la habilidad esencial en la búsqueda del conocimiento ha de ser la de consultar en la red.

En la lista debe figurar la atención de la salud pública, que encuentra opositores y autonomistas que buscan hacer lo que les parece, por fuera de cualquier política de pretensiones generales. Y por esa vía aparecen retos grandes para la convivencia social, pues se van formando bandos transnacionales que con la furia de los recién llegados a un escenario que jamás fue suyo vociferan en favor o en contra de una u otra causa, y se solazan con la satisfacción de opinar sobre asuntos en otra época reservados a los sabios.

Los medios de comunicación van quedando en muchos casos atrapados entre su sentido de la responsabilidad y la avalancha de competidores comunicativos que les desbordan y de cuando en vez les llegan a “superar”, a juzgar por los efectos, como informadores y orientadores de la opinión pública, de los activistas y de los votantes.

Es posible que el derecho se esté quedando atrás, con regulaciones para otra época. Frente a ello hay que reaccionar a tiempo, con sabiduría, ante la abolición social de principios, el desconocimiento político de instituciones jurídicas o la devaluación de sus fundamentos. En nuestro caso, como herederos del derecho romano, sabio hasta el fondo para regular la sociedad de su época, debemos formular una ecuación equivalente, adecuada a nuestra era de mutaciones, para saber qué dejamos y qué renovamos.

Pero el reto fundamental termina por ser para los Estados, como institución política que se inventó precisamente para afrontar problemas como estos. Por eso se deben ocupar, con talante democrático, no solamente al interior de su espacio físico y cultural, sino en el amplio espectro internacional, de organizar discusiones y procesos orientados a ponerle orden a este panorama a la vez rico y anárquico de discusión, en el que se mezclan asuntos trascendentales con preocupaciones banales. El futuro no da espera y cada vez los mismos gobiernos corren el riesgo de perder todavía mucho más terreno ante la generalización de procesos que poco a poco les van desbordando.

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