Por: Carlos Granés

Populismo o fascismo, cuestión de matices

El No a la paz, Trump, el brexit: parecía suficiente pero no, también parió la abuela. Un ultraderechista acaba de asumir la Presidencia de Brasil, afiliando desde el día uno su mandato a las máximas más reaccionarias imaginables: Dios y la patria. Desde 1938, cuando el integralismo —la versión carioca del fascismo— fue desarticulado, no se oía un mensaje tan amenazante. Bolsonaro está promoviendo lo mismo que intentaron todos los fascismos, convertir al individuo en un simple engranaje de un mecanismo mayor, cuyo fin no es la libre realización personal, sino el engrandecimiento de la patria.

Ahora bien, aunque Bolsonaro tiene una retórica que pone los pelos de punta, lo más probable es que acabe siendo un populista, no un fascista. Todo populismo, ya sea de izquierda o derecha, alienta el nacionalismo y el ejercicio vertical de la autoridad, pero hay algo que lo diferencia del fascismo. El populista siempre intentará legitimar sus acciones mediante procesos democráticos. Es verdad que a la larga puede acabar corrompiendo el sistema que lo llevó al poder, pero nunca dejará de repetir que todo lo que hace es democrático ni que su meta es profundizar, radicalizar o depurar la democracia.

Por eso mismo, así recurra al método fascista de dividir la sociedad en amigos y enemigos, casta y pueblo, patria y antipatria, se limitará a proclamar la muerte política del otro, no su eliminación física. Al menos mientras el viento sople a su favor, la retórica belicista no se traducirá en violencia. Sólo si su estabilidad se ve amenazada incitará a la violencia, tal y como hicieron Perón o Maduro en momentos críticos para su mandato.

El populista, como el fascista, siempre intentará mantener a la sociedad en estado de tensión, con la guardia en alto en busca de algún enemigo externo o interno. Pero en lugar de la guerra que busca el fascista, el populista montará rituales estéticos, grandes manifestaciones de uniformados o actos simbólicos con los que se intentará expulsar del espacio público al opositor y generar la ilusión de consenso en torno al líder.

Fascistas y populistas necesitan altos índices de aprobación para llegar al poder, pero sólo el populista se ve obligado a conservarlos. Por eso no es extraño que su ideología tienda al sincretismo. El populista se mostrará, a la vez, revolucionario y reaccionario, defensor de los marginados y aliado de los empresarios, y no le importará adaptar su discurso a los vaivenes de la moda. Puede parecer muy de derecha un día y muy de izquierda otro. Da igual. Su verdadero ADN es el nacionalismo y el repudio al liberalismo, que justificará un día con acento izquierdista apelando a la libertad de los pueblos; otro con tufo derechista reclamando la primacía de los suyos (los brasileños primero, etc.). Ambos, sin embargo, buscarán lo mismo: congregar a una masa significativa de votantes en torno al chovinismo patriotero y al líder que lo encarne.

Las sociedades occidentales han vuelto a dejarse seducir por izquierdistas y derechistas que prometen ligar el destino del individuo a algo más grande, antiguo y sagrado. Habiendo derrotado al fascismo, se han mostrado pasmosamente vulnerables al populismo. Quién iba a pensar que 70 años después de que Perón lo inventara para la Argentina, hasta la misma Inglaterra lo abrazaría.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carlos Granés

Falsos positivos

¿Qué revelan hoy los premios en la cultura?

De Pedro Nel Gómez a Doris Salcedo

Notre Dame y el fin de la historia

Antipolítica “reloaded”