Por: Alvaro Forero Tascón

Populismo vs. clientelismo

El enfrentamiento entre el santismo y el uribismo puede entenderse desde distintos contextos.

Casi todos de confrontación de modelos: uno es el de la guerra y la paz, otro el de lo retardatario y lo modernizante, otro entre lo autoritario y lo institucional, otro entre el poder nacional y el regional. Pero hay uno más, esencial para entender la política actual: el del enfrentamiento entre clientelismo y populismo. La campaña electoral va a ser un duro embate del vengativo populismo caudillista de Álvaro Uribe contra Juan Manuel Santos, resistiendo apoyado en el desgastado aparato clientelista.

Santos, a pesar de su fragilidad en las encuestas, mantiene el apoyo de la porción clientelista del sistema político, es decir, de los partidos de la Unidad Nacional. A pesar de que algunos parlamentarios coinciden más con Uribe y por razones electorales quisieran afiliarse con él, no pueden. En parte porque siendo expresiones del clientelismo dependen de los puestos estatales que arbitra Santos para sobrevivir políticamente, y en parte porque las reglas electorales diseñadas por los partidos grandes no se los permite.

Al contrario, Uribe tuvo que resignarse a que el Partido de la U, el Conservador y el PIN eran, antes que uribistas, gobiernistas, y se vio obligado a competirles. Uribe está recurriendo de nuevo al neopopulismo que introdujo en 2002, que consiste en la promesa tácita de derrotar militarmente a las Farc. Pero en esta ocasión, sin poder combinar las formas de lucha —sonsacarle parte de sus miembros al clientelismo que enfrenta—, lo que está obligándolo a utilizar un lenguaje más demagógico y a recurrir aún más a las emociones de los ciudadanos, principalmente el odio a las Farc.

Esta situación no se veía desde Jorge Eliécer Gaitán —porque los desafíos al clientelismo de López, Galán y Mockus no fueron populistas—, solo que esta vez no alarma al establecimiento porque proviene de la derecha y porque la demagogia catastrofista de Uribe y la lentitud de las Farc consiguieron dividir el establecimiento frente al proceso de paz y, por ende, frente al Gobierno. Si el uribismo triunfara, regresaríamos, sin embargo, al peor de los mundos en términos políticos: la coexistencia malsana del clientelismo y el populismo que se dio en los gobiernos de Uribe. Porque la tradición y la estructura institucional colombiana permiten ganarle al desprestigiado clientelismo, pero no gobernar sin él, y menos contra él.

Lo que se viene en esta campaña electoral es una lucha a muerte del poder embrujador del caudillismo militarista contra el del aparato del Estado y los partidos políticos, con apoyos divididos de las élites y los medios de comunicación, y las Farc, otra vez, de árbitros. Si se acuerda el fin del conflicto antes de las elecciones legislativas, se iniciará el desmonte de la era de la guerra y el comienzo de una etapa de paz, que podrá durar otros diez años; si no se firma, las Farc serán otra vez ordeñadas políticamente por Uribe y Colombia podrá volver a ser el país más conservador del hemisferio.

No se sabe aún si esta confrontación detendrá la historia o si se trata solamente de los últimos estertores de la guerra.

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