Por: Hernando Roa Suárez
Construir democracia

Populismo y caudillismo: amenazas a nuestra democracia

Seamos previsivos: pensemos con serenidad y visión de futuro. Evitemos el fortalecimiento del caudillismo y el populismo.

Las elecciones a alcaldías, gobernaciones, asambleas, concejos y juntas administradoras locales de 2019, tienen algunas implicaciones que invitan a repensar riesgos que existen para nuestra democracia.

El estudio de los anteriores procesos electorales colombianos, nos indican que, con gran frecuencia, nuestra democracia ha estado en peligro; ello es parte de nuestro atraso político. Ahora bien, si tomamos distancia frente a la complejidad política actual, los riesgos y las amenazas a la democracia son realmente graves. La situación vigente es el resultado de un proceso histórico-estructural que amenaza los presupuestos sustantivos de nuestra Constitución. Los peligros que en Colombia sigan creciendo formas específicas de neopopulismo y neocaudillismo, son posibles.

Para un civilista, es evidente que la contienda electoral que se avecina, tiene serias y grandes implicaciones: es un tema que compete a la Nación, a la Presidencia, a las fuerzas militares y de policía, a los departamentos y municipios, a la Registraduría, a la Procuraduría, a la Fiscalía, a los representantes de los movimientos políticos y sociales, a las organizaciones no gubernamentales interesadas en el fortalecimiento de la transparencia de los procesos electorales y, en fin, a todos los ciudadanos preocupados por el sostenimiento y la profundización de nuestros preceptos constitucionales.

Si no hay un conocimiento apropiado y veraz de los desarrollos políticos, como ha ocurrido con el fenómeno de la abstención, en el intervalo 1950-2019, quienes nos vamos a seguir viendo notablemente perjudicados somos los ciudadanos y los demócratas. Al no participar, facilitamos que paramilitares, pseudoguerrileros, narcotraficantes, politiqueros, explotadores de minería ilegal, delincuencia organizada y sus diversas combinaciones, mediante el empleo de las armas, las amenazas, el tráfico de influencias y la astucia, van a seguir dando sus batallas y ejerciendo su poder, para continuar usufructuando la riqueza y la capacidad, ilegítimamente adquiridas.

Ahora, en forma condensada ocupémonos de dos fenómenos frente a los cuales los demócratas contemporáneos, y específicamente los colombianos, debemos estar atentos. Ellos son el caudillismo y el populismo.

En América Latina se entiende, en sentido amplio, que el caudillismo "es un régimen político personalista, cuasi militar, cuyos mecanismos partidistas, procedimientos administrativos y funciones legislativas están sometidas al control inmediato y directo de un líder carismático y su cohorte de funcionarios mediadores".

Cuando nos referimos a un caudillo, estamos haciendo relación a un jefe político que guía y manda. Al que, en función de sus cualidades y aspiraciones especiales, ha sido investido de autoridad para el ejercicio del poder político. Es un conductor, un líder que, con carisma, dirige multitudes para la realización de un proyecto político. Así entendido, podemos decir que Mussolini como Duce, Hitler como Führer, Franco como Caudillo, Perón en Argentina, Castro en Cuba, Fujimori en Perú, Chávez y Maduro en Venezuela, y Uribe en Colombia, han sido reconocidos como caudillos en la medida que fueron señalados como guías que han conducido masas y han encarnado la más alta autoridad política y militar. Nótese sin embargo, que existieron diferencias entre los procesos de la Italia fascista, la Alemania nacional-socialista, la España falangista, la Argentina peronista, la Cuba castrista, el Perú fujimorista, el chavismo y madurismo venezolano, y el uribismo colombiano. ¿Cómo han sido juzgados por la historia estos regímenes? Al revisarlos incisiva y cuidadosamente hoy, conocemos que han sido duras lecciones aprendidas como ejemplos que deberían ser irrepetibles, si de respetar los presupuestos democráticos se trata. Ocupémonos del populismo.

Populismo. Es una perspectiva política en la cual el pueblo, considerado como conjunto social homogéneo y depositario de valores positivos y permanentes, es fuente básica de inspiración y referencia. El pueblo es asumido como mito, más allá de una precisa conceptualización. El surgimiento del populismo ha sido favorecido, en algunos casos, por la existencia de procesos de transición de sociedades tradicionales a modernas. Sus líderes hacen eco de los valores tradicionales básicos. En algunos casos, contra las oligarquías, impulsan una movilización de masas alrededor de la revolución industrial. Es una movilización de amplios sectores sociales unida a un proceso de politización que desborda los canales tradicionales de formación política.

Al estudiar las prácticas del populismo, conocemos que han sido variadas, siendo muy frecuente que al frente de estos movimientos se encuentre un líder con positivas cualidades carismáticas, acompañadas usualmente, de una élite de intelectuales y tecnócratas que buscan articular el proyecto político. En los siglos xix, xx y xxi, se han dado, de diversa manera, ejemplos de populismos. Enunciemos algunos: la democracia jacksoniana norteamericana de los años 30; el mejicano impulsado por Lázaro Cárdenas y el PRI; el peruano de Haya de la Torre; el argentino de Perón; el varguismo brasilero; aspectos del rojaspinillismo en Colombia; el nasserismo en la República Árabe Unida y, en nuestros días, los diferentes populismos de Uribe, Chávez-Maduro y Bolsonaro.

En gran síntesis: seamos previsivos. Pensemos con serenidad y visión de futuro. Evitemos el fortalecimiento del caudillismo y el populismo entre nosotros. Fortalezcamos las estructuras, instituciones y liderazgos democráticos. Bella y constructiva labor nos espera.

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Populismo y caudillismo: amenazas a nuestra democracia

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