Populismo y regresión negativista

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La historia nos ha enseñado que, en crisis como la pandemia, los seres humanos somos propensos a sentimientos como el miedo, la rabia, la envidia, la xenofobia, el racismo y hasta la misoginia. De los fenomenólogos hemos aprendido que, en tanto la razón analiza la realidad con base en la argumentación y la experiencia empírica, los humanos también tratamos de darles un sentido y un significado a los hechos, tal como los percibimos con la experiencia subjetiva, inmediata, evidente y diaria.

Algo semejante planteó Ortega y Gasset cuando distinguió entre las ideas y las creencias. En tanto tenemos ideas, como la ciencia, las leyes y las normas, que son producto de la argumentación racional, las creencias no las tenemos, simplemente estamos en ellas. Mientras las ideas se tienen y se sostienen, las creencias nos tienen y nos sostienen. Así, los humanos tenemos que creer en una cantidad de cosas para vivir, como que, al salir de la casa, todavía existe una calle, que la calle tiene un piso firme, o que al pasar bajo un semáforo en verde, suponemos que quienes lo tienen en rojo, efectivamente, van a parar. Pero también creemos que el futuro será mejor, o tenemos fe en un Dios benevolente que nos socorre, o en la Virgen del Carmen, que protege a los conductores de buses y tractomulas, o que debemos votar por uno u otro partido político.

En épocas de crisis, en las que tienden, entonces, a primar las creencias y representaciones personales, inmediatas y subjetivas, para darle un sentido y significado a lo que sucede, la gente es muy propensa a aceptar explicaciones facilistas y a buscar culpables de los males del mundo, a dividir la sociedad entre buenos y malos, ellos y nosotros, o entre un pueblo noble y una élite malévola. Eso lo saben bien y lo aprovechan los populistas, así como los regímenes enemigos de la democracia, como la dictadura de Maduro y sus adláteres entre nosotros. Pero, quizá, lo más sorprendente en esta época convulsionada que vivimos son los ataques a nuestro ordenamiento institucional, no solo de parte de los enemigos de la sociedad abierta, sino de personas que han ocupado las más altas dignidades del Estado, en calidad de ministros, embajadores y viceministros, quienes atacan lo que llaman el “régimen” o el “establecimiento,” del que aún hacen parte. Para muchos de ellos, todos los políticos, todos los jueces, todos los funcionarios públicos son corruptos, y lo que llaman el establecimiento es igualmente corrupto.

Para otros miembros del establecimiento, todos nuestros empresarios son una partida de rentistas, mediocres y corruptos. Según ellos, aquí no se salva nadie, excepto, quizás, ellos mismos. En realidad, son unas generalizaciones absurdas, sin ningún fundamento empírico, es un grito desaforado que parece solo buscar los likes de las redes sociales. Claro que hay muchos corruptos, pero no dudo en afirmar que la gran mayoría de nuestros políticos, jueces, funcionarios públicos y empresarios son personas buenas, honestas y trabajadoras.

Así, esta pandemia nos ha enseñado que, además de los filósofos de la fenomenología y de las creencias, necesitamos también psicólogos para analizar la regresión negativista que se ha apoderado de muchos, una regresión que debe tener muy contentos a quienes quieren destruir nuestra democracia liberal y la economía de mercado.

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