Por: Fernando Toledo

Por ahí es la cosa

Acaso a los operómanos consuetudinarios sólo les gusta lo italiano y por ello ni se mosquearon. Tampoco fueron las señoras que se acicalan para "ir a la ópera" tal vez porque, con razón, sospecharon que no se toparían con nadie conocido.

Ni siquiera se dejaron ver, como habría sido su deber para reparar en cómo anda el talento nacional, los responsables de la vida operística. Quizá soslayan lo que produce la tierra. Sin embargo, el estreno en Bogotá de Eugenio Onegin, la bella ópera de Piotr Ilich Tchaikovski, resultó conmovedor por dejar en claro que, para un género que entre nos ha sido maltratado o cuando menos limitado, hay algo más que esperanza.

La primera sorpresa fue descubrir un público nuevo, lleno de expectativa y entusiasmo, que abarrotó tres funciones y que aceptó, posiblemente por la cordialidad monetaria o incluso por curiosidad, una propuesta cuya pertinencia lo llevó a vislumbrar, a través de una lente muy digna, ese mundo de la lírica que trasciende y con mucho las habituales restricciones de la oferta bogotana. Como es natural en la Sala León de Greiff la asistencia fue sobre todo de estudiantes y de jóvenes, pero también acudieron espectadores de varios estratos para quienes la ópera quizá no pasaba de ser una extravagancia. Toda una dádiva de la Divulgación Cultural y del Conservatorio de la Universidad Nacional.

La otra sorpresa fue el nivel de un espectáculo producido con talento nacional: si a la puesta le faltaron hervores, y sería exagerado tildarla de perfecta, hay que reconocer la categoría que demostró, bajo la batuta del maestro Zbigniew Zajac, la orquesta sinfónica del Conservatorio en una partitura nada fácil. El coro dirigido por Elsa Gutiérrez fue la estrella de la producción por su tersura y ajuste poco comunes. En cuanto a los solistas, se destacaron la soprano Nury Contreras, Tatiana; la mezzosoprano Adriana Montaña, Larina, y el tenor Luis Carlos Hernández, Triquet. Ellos, y el resto de la compañía, pusieron de presente que es válido e ineludible proponer títulos menos obvios que los habituales.

En cuanto a lo teatral, fue muy acertado ubicar a la orquesta en el fondo del escenario, a los actores-cantantes en el proscenio, prescindir de utilería y proyectar diapositivas de ambientación en los telones de gasa dispuestos para ese fin. En el futuro hay, no obstante, que cuidar más el vestuario cuando de época se trata y, en todo caso, enseñarle al coro a moverse, en particular en las escenas de baile. En otras palabras, es preciso afinar el concepto escénico, pero el camino escogido, y desde luego aún por recorrer con insistencia, es congruente: permite vislumbrar que la gran ópera, en Colombia, si tiene futuro.

 

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