Por: Ana María Cano Posada

Por comparación (y II)

MICHAEL JACKSON SE MUERE abruptamente en Estados Unidos donde nació, y arrastró 50 años su trágico destino de Peter Pan, preso en una infancia contrariada. Murió a las puertas de una gira triunfal donde diría aquella consigna de Sólo hazlo.

Fue un cimbronazo a Nueva York toda, porque el Apolo’s Club, que fue el primer teatro en verlo bailar separado de sus hermanitos Jackson y hacerlo como sólo él sabía, se convirtió en un lugar de culto donde seres de la más diversa condición rinden pleitesía al rey. Al segundo, porque ya había habido uno que era Elvis y que murió trágico como corresponde en esa ciudad y en ese país que encarna un sueño. Marilyn, Lennon, los Kennedy, Luther King, Capote, Warhol y los que hacen ese invento maravilloso estadounidense de la cultura popular.

Aunque París y Nueva York se parecen en que están listas a ser ocupadas gozosamente por todo habitante que se avenga a ellas y les saque todo el jugo posible, es en esta ciudad del nuevo continente donde la noción de haber abierto su puerta (su puerto) a la llegada de ingentes cantidades de inmigrantes que traían su sueño puesto, al aire ha sido constante. Y así sigue. Acogedora como ninguna, los neoyorquinos se distinguen por ser ayudadores por naturaleza y más desestresados (si no van en el metro que los vence), de lo que uno supone. Tal vez sea la religión de devotos de la Maratón de N.Y. que hace preparar cuerpo y espíritu para ese gran momento de pulsar el alma colectiva de la metrópoli. La amabilidad y el saludable estado físico de cientos de neoyorquinos imprimen su carácter: en esta estación del verano cruzan como venados, dando zancadas imposibles que sólo ellos pueden dar. Por eso tienen corazón de parque, devotos de la naturaleza, del verde y los jardines, mientras París (claro, el de Bolonia y Vincennes y otros hermosos) son para contemplarlos como puestas en escena mientras que N.Y. los mantiene para disfrutarlos, para adueñarse de sus recovecos y perderse en ellos.

París, la seductora, su belleza cosmética y urbana es proverbial, pero no respira esa desbordante libertad que transpira la mujer con la antorcha en alto que desde el puerto da la bienvenida al que llegue.

Murió en París ese ícono del siglo 21, Lady Di, y que con Michael Jackson encarnan una subyugante naturalidad, la de sus almas exhibidas con una gran fragilidad expuesta. N.Y. encarna el romanticismo en el art decó como poética de la arquitectura después de la Segunda Guerra pero París es osada en su sentido de la simetría creado por orden de Napoleón para que lo reflejara. París consagra la nostalgia del Moulin Rouge, de impresionistas y del barrio bohemio de los niños mártires y en cambio la fantasía de N.Y. es Flash Dance. En una y otra los homosexuales usan el enorme espacio que tienen. Una y otra imponen un estilo para vestir y de diferenciarse con encanto. Dejo de último lo difícil: hago de lado la gastronomía, el arte y el culto a la argumentación de élites que son rasgo parisino, para decir que después de adorar esa ciudad más de 20 años, me quito el sombrero (como Michael Jackson lo lucía) ante una ciudad abierta de par en par donde la educación es una oportunidad constante para cualquiera en sus calles igual que para sus niños es crecer seguros, fuertes y sanos, con una dosis de esperanza que París no exuda. Digo yo.

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