Por: Lisandro Duque Naranjo

Por el resto de la vida

Al señor Miguel Ángel Bermúdez —antiguo dirigente ciclístico y gobernador de Boyacá— lo recordará toda una generación no por haber sido condenado a causa de algunos delitos, sino por la frase que se le ocurrió pronunciar en respuesta a una acusación por acoso sexual que le hizo una señora de 35 años: "Eso es falso, porque a mí no me interesan las mujeres de 35, sino las peladas de 22".

Hace poco, un diputado Mesa (ya el nombre lo olvidé), de Antioquia, dijo sobre los habitantes del Chocó algo tan sucio, que no sólo me da asco transcribir, sino que quedó en la memoria colectiva como una expresión impronunciable a perpetuidad. El señor, al hacer un uso racista de ese adagio, bastante gráfico, terminó desacreditándolo incluso para fines en los que pudiera resultar adecuado. Su desaparición del habla, en todo caso, no le hace perder mucho a un refranero criollo en el que sobrevive una oralidad demostrativa de nuestra condición premoderna.

Al presidente del Partido Liberal y de la Cámara de Representantes, Simón Gaviria, va a perseguirlo por un largo tiempo el haber declarado, a través de un medio radial, que leyó “apenas por encimita” el malhadado texto de la reforma a la justicia que sufrió el escarnio público hace dos semanas. La visibilidad de sus cargos, y el ser el retoño de una naciente dinastía política, lo convirtieron en el chivo expiatorio de una negligencia en la que admitieron también haber incurrido el ministro de Justicia y una cantidad de congresistas, sólo que al primero le tocó renunciar, clausurando ya su vida pública —nada excepcional—, y a los segundos, por ser una masa, no les significó convertirse en un bocado de cardenal para las redes sociales. El ingreso de estas últimas al juego de opinión quizás logre que en lo posterior a los delfines no los presionen sus padres a emprender su camino al poder desde tan alto. Quemaron al pelado, que hasta capaz parecía.

Luis Camilo Osorio ha sorteado, como si no fuera con él la cosa, varios señalamientos de conductas dolosas mientras fue fiscal de la Nación. El último apareció en el diario que llevaba Chupeta antes de su captura en Río de Janeiro, en 2006, y del que no dio información en su momento el “primer policía del mundo”, el general (r) Óscar Naranjo. Dice Chupeta que entre quienes recibieron dinero suyo figura Osorio, a quien le pagaba 160 mil dólares mensuales para que no avalara su extradición. Defendiéndose del engorroso asunto, esta semana el exfiscal dijo que esa es una venganza del narcotraficante por haber contribuido a extraditarlo, lo que carece de lógica pues el documento comprometedor fue escrito antes de que su autor fuera capturado. Osorio también escribió: “Jamás le he recibido dinero a delincuentes. Y menos a ese”. La frase “Y menos a ese”, sugiere la obviedad de que tal vez con otros fuera de la ley hubiera tenido una actitud distinta. Esa traición del subconsciente la dejo para que clasifique entre los textos que pudieran perseguir a quien los suscribió por el resto de sus días.

A la señora Alejandra Azcárate le cayó la maldición gitana ya no por una oración breve sino por un artículo completo. Su diatriba grosera y carente de humor, en la revista Aló, contra quienes asumen voluntariamente, o sufren sin desearlo —y no por eso están exentos de belleza—, un peso corporal por encima del que el mercado del glamour decreta, es algo coherente con la visión del mundo que ella transmite en sus habituales apariciones mediáticas, pero que nunca se esperaba cometiera la torpeza de consignarla por escrito. Hasta que cayó. Desde luego, la revista para la que colabora, y que posiblemente se deshaga de ella en forma farisea, es una apología permanente al prototipo que su columnista representa y considera perfecto y excluyente. La pobre.

 

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