¡Por favor, no renuncien!

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Cuando empezó el gobierno de Iván Duque, el primero sin reelección en 16 años, los dirigentes del uribismo, más que en el éxito del mandatario, ya estaban pensando en quién sería la persona indicada para reemplazarlo en el poder.

Hubo entonces dos privilegiados que obtuvieron papeles protagónicos, para que su buen desempeño los catapultara a la contienda presidencial: Carlos Holmes Trujillo y Marta Lucía Ramírez. Se trababa de una estrategia perfectamente normal en política. A una persona que goza de los afectos del partido de gobierno se le otorga un cargo de alta relevancia nacional para que “se luzca” en su gestión y se convierta así en el nuevo presidente. Fue exactamente esa la fórmula con la que Juan Manuel Santos, ministro estrella de Uribe, llegó a la jefatura del Estado.

Curiosamente, esa estrategia, que le funcionó tan bien a Santos, ha resultado un desastre para Ramírez y Trujillo. Ellos son todo menos estrellas. Según las encuestas, sus posibilidades de ganar las elecciones eran mucho mayores antes de que fueran nombrados en sus flamantes cargos de hoy. La razón es sencilla: su gestión ha sido una vergüenza. Por estos días decembrinos aptos para la reflexión, Carlos Holmes y Marta Lucía deben estar discutiendo con sus familias la decisión de si renuncian o no a sus cargos en marzo para no inhabilitarse y poder aspirar a la Presidencia de la República. Yo, con el corazón en la mano, les pido que no lo hagan.

Esta petición no la pongo sobre la mesa propiamente para evitarles una depresión por la inminente derrota que sufrirían en las urnas. Ellos ya están grandes, curtidos en política y podrían lidiar con ella sin mayor problema. La hago porque, así en el papel reúnan los requisitos, ni Trujillo ni Ramírez merecen ser presidentes de Colombia. Después del fiasco que ha resultado la figura del “presidente aprendiz”, seguramente los electores querrán que en la silla de Bolívar se siente una persona con experiencia. ¿Pero una lista interminable de cargos públicos en la hoja de vida es suficiente para entregarle a alguien el manejo de los destinos de la patria? Yo creo que no.

Para ser presidente, más que haber ocupado las más altas posiciones del Estado y disponer de un número elevado de camionetas en la caravana de escoltas, se requiere que quien aspire haya tenido un buen desempeño en las labores públicas que le fueron encomendadas. Y ese no es el caso de Trujillo ni de Ramírez. El primero, como canciller, fue el arquitecto de la vergonzosa y fallida política internacional de Colombia. Como premio por ese fracaso, le entregaron el Ministerio de Defensa. ¿Y los resultados? Fracasó la política antidrogas, fracasó el manejo del orden público, fracasó la protección de la vida de los líderes sociales, volvieron las masacres y la imagen de las Fuerzas Armadas se fue al piso.

Ramírez, por su parte, fue la encargada de la lucha contra la corrupción, pero de eso vimos poco. Su paso por la Vicepresidencia transitó entre la irrelevancia y el manejo de escándalos de sus familiares cercanos al narcotráfico. Esto que voy a decir puede sonar extraño al referirse a dos funcionarios tan malos, pero, ¡por favor, no renuncien!

@federicogomezla

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