Por: Hernán Peláez Restrepo

Por fin...

Santa Fe por fin pudo gritar campeón, fue la séptima estrella anhelada por más de tres décadas y que permite a una gran colectividad cardenal celebrar después de tantas frustraciones y tristezas.

Pasaron muchos jugadores, técnicos y dirigentes que resultaron incapaces, a pesar de sus esfuerzos y buena voluntad, para brindar esta alegría. Fue tanto así que Santa Fe ganó la séptima y Bogotá sigue sin saber qué pasará con la carrera séptima.

Fue un partido de emociones, donde no había espacio ni para especulaciones y menos juego bonito o florituras. Había que anteponer al fútbol mismo entrega y combatividad y eso tuvo Santa Fe, sin demeritar al Pasto, que sólo se resignó después del gol de Copete a un cobro magistral de Ómar Pérez, quien con pelota quieta continúa siendo uno de los mejores cobradores.

Creo que el Pasto no contó con la organización de juego suficiente y de la cual es responsable Ómar Rodríguez. Al estar perdido, sin control y contacto con el balón, fue ocasión bien aprovechada por Santa Fe. Clara también resultó la presión de la parcialidad santafereña que movió a su equipo y que finalmente se dio el gusto del título. Pasó algo a lo cual los hinchas y todos debemos acostumbrarnos para no perder tiempo en discusiones inacabables. Todo el plantel santafereño debe ser reconocido por su entereza y entrega. Reconocimiento especial merece Wilson Gutiérrez, hombre de la casa que en 1964 llegó a formar como jugador. Casi en silencio y nombrado porque sí, ocupó el puesto de técnico y me parece que se metió en el grupo, fue uno más y logró lo que todos los técnicos deben conseguir: respaldo de los jugadores en el campo.

Por fin Santa Fe disfruta de su fiesta. Terminó la ‘sal’ y es el momento de disfrutar. Algunos de los presentes quizá hayan visto la sexta estrella, pero esta generación de ahora ya sabe lo que es ganar y cuentan con la obligación de aplaudir a más no poder.

 

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