Por: Iván Mejía Álvarez

Por la convivencia

A Luca Toni, el delantero italiano, le anularon una jugada de gol que era absolutamente legal. Partió dos metros habilitado, pero el juez que estaba a su lado, confió en un banderazo a destiempo y terminó anulando la acción. Un tímido reclamo y a jugar.

A Silva, el mediocampista de España, lo tumbaron en plena área y salvo los reproches de algunos compañeros, nadie del equipo ibérico o del banco técnico hizo un drama del fallo del trencilla.

Tanto Roberto Donadoni como Luis Aragonés no convirtieron los errores arbitrales en justificaciones tardías e imprecisas a un mal trabajo durante la semana. Los técnicos hablan de fútbol y responden por el juego de sus equipos. Los jugadores están más dedicados al balón en la cancha que al reclamo en las conferencias de prensa.

A nadie en Europa se le ocurre salir con un billete en la mano mostrándoselo al público para indicar que el juez estaba “vendido”. Es una lección que debe aprenderse si se quiere ir mejorando la cultura básica del fútbol en Colombia.

Cien mil aficionados holandeses departiendo con cuarenta mil italianos, tomándose una ciudad, conviviendo en medio de los gritos, los cánticos, las banderas y las camisetas. Una fiesta en la cancha y en la tribuna, un espectáculo para no olvidar. No hay pedreas, no hay garrotes, no hay violencia, no hay cadenas, los cuchillos y las navajas están proscritos, no existen los delincuentes que se hacen llamar “barras bravas”, que azotan los estadios y al que piensa, se viste o disfraza con colores diferentes, lo linchan y masacran con el cobarde estímulo de la masa, de la montonera, que los hace más ‘varones’.

No existen los delincuentes de cuello blanco y pelo blanco que pagan las barras bravas con viajes y dinero para convertirlos en su “brazo armado” frente a la oposición que reclama por conductas decentes y resultados deportivos acordes con las “inversiones” que terminan siendo despilfarro y que lindan con el Código Penal.

Algún día, la sociedad colombiana reencontrará los valores éticos y las conductas apropiadas para que la gente decente pueda volver a los estadios, para que los niños y las familias se reúnan alrededor del espectáculo del balón, para que el fútbol sea convivencia y no lo que es hoy en nuestro país: un motivo de agresión y una indecente cultura de algunos “bandidos” que ensucian el agua del cual se ha de beber.

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