Por: Yolanda Ruiz

Por los niños, de la indignación a la acción

El abuso de una menor de tres años es uno de los casos de indignación colectiva de los últimos días. Está bien que un delito atroz como éste genere rechazo masivo y que se use la sanción social para condenar conductas que deben desaparecer de nuestro entorno, pero nos toca ir más allá. Esta niña que hoy nos duele es una más dentro de un universo inmenso de menores abusados y agredidos. El problema es de tal tamaño que no podemos quedarnos en la indignación.

Según ha dicho su directora, Karen Abudinen, el ICBF recibe cada día en promedio 66 denuncias sobre casos de maltrato y abuso de menores. En la Fiscalía abrieron más de 85.000 investigaciones en los últimos 13 años por casos de abuso sexual. Si sumamos los delitos que permanecen ocultos porque el miedo no permite denunciar, el panorama es desolador. No es claro si crece el delito o si aumentan las cifras porque se denuncia más, lo cierto es que las políticas públicas y las acciones de la sociedad no están funcionando, no son suficientes. No podemos obtener resultados distintos haciendo lo mismo y es la hora de cambiar de plan. La pregunta es: ¿qué hacemos?

En un sondeo muy rápido planteado en las redes sociales, en medio de las frases de siempre, uno que otro insulto y la politiquería, surgieron algunas ideas sobre las que deberíamos discutir porque va siendo claro que el abuso de menores obedece a múltiples factores y como tal se debe enfrentar con distintas herramientas.

Para algunos es un asunto de endurecimiento de penas y se vuelve a hablar de cadena perpetua para castigar y disuadir a los agresores. Otros piensan que se trata de que la justicia actúe con las normas que ya existen y que no se requieren más penas, sino aplicar las que hoy tenemos. El componente jurídico no es de poca monta pues se trata de ver qué pasa con los reincidentes y cómo garantizar que un violador no salga de la cárcel a seguir violando.

Algunos piden ir más allá de las penas y proponen no solo atender la consecuencia del abuso, sino tratar de prevenir nuevos casos de agresión buscando cambiar el origen del mal. Así, nos remontamos a los embarazos no deseados que significan hijos no deseados. Son niños que de entrada llegan al mundo en un entorno viciado por falta de amor y cuidado. Hoy, aunque suene absurdo, el mayor riesgo lo tienen los niños en su propia familia pues entre el 65 y el 70 por ciento de las agresiones son en el hogar. Lograr que todos los niños que nazcan sean deseados y amados es una meta aunque no está claro cómo llegar a ella. Frenar embarazos adolescentes puede ser un comienzo y también que se cubran las necesidades básicas de todos los niños en la primera infancia.

Importante además la educación sexual porque expertos consideran que se debe formar a los niños en las normas del autocuidado para que sepan desde muy pequeños que nadie debe tocar su cuerpo y que tampoco se puede agredir a otros. En la lista de pendientes está la coordinación de las distintas entidades del Estado que atienden a los menores. Hay comisiones, hay reuniones, pero en el momento de atender al niño todavía cada quien por su lado.

El problema es grande, pero hay ideas, hay propuestas y muchos con ganas de aportar. Tal vez lo primero sería un pacto global de la sociedad por la infancia. Que se cumpla la Constitución que ordena darles prioridad y lograr un proyecto de país que tenga a los niños en el centro de la agenda pública al margen de diferencias políticas, religiosas o ideológicas y también de celos institucionales. Si logramos que siempre vayan los niños primero, de pronto veremos una luz al final de ese túnel. Indignación, sí, pero a ver si pasamos a la acción.

 

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