Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Por mi gran culpa

La culpa, esa punzante sombra que me empieza a atacar todas los días, en el último minuto antes de la medianoche y en el primero de la madrugada, y que me envuelve, me desvela,  me hiere, me destruye y me quema. La culpa porque hice y porque no hice, porque callé cuando debí haber hablado y porque hablé cuando debí quedarme en silencio.  La culpa que me heredaron los viejos, y los viejos de los viejos. La culpa que potenciaron los curas, que utilizaron las madres, que multiplicaron las novias y que acrecentaron los jefes. Culpas con las que quisieron dominarme y volverme sumiso. Culpas de colores y en blanco y negro. Anchas, delgadas, veloces siempre, duraderas, profundas e infinitas. Culpas que me corroyeron las vísceras, me dejaron ciego, y después, inmóvil. 

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, recé todas las mañanas de todos los días durante más de 15 años, hasta que me convencí de mis culpas. Fui culpable de nacer, de llorar, de tomar, de pedir, de hablar y callar, de cantar y gritar y de jugar y de esconderme. Fui culpable, sin explicaciones, y un día empecé a actuar para no sentirme culpable después. Amé por mi culpa y mi gran culpa, porque así debía ser. Me lo ordenaban los mandamientos y la biblia y los mayores y los vecinos, y la televisión y los periódicos. Después amé otra vez, ya no para dejar de ser culpable, y fui, por supuesto, más culpable que nunca, pues la ley decía Solamente una vez amé en la vida. Amé una, dos y decenas de veces, por un segundo o por años, pero la culpa siempre me persiguió. 

Una noche de tragos, venciendo la culpa por los tragos, claro, empecé a pensar  que no habíamos nacido ni culpables ni con culpa, y mucho menos, con la culpabilidad en las venas, y que las culpas nos las habían ido inculcando, inoculando, desde el nacer. La culpa era un arma, el arma de la dominación. Nos la inyectaban en una compleja mezcla de sentimientos, todos fabricados, todos trabajados, como el amor, la solidaridad, el bien, la sinceridad, la fidelidad, el trabajo, la disciplina, y etc. Quien no cumpliera esos preceptos, pecaría, y más grave aún, sería culpable. Quien reincidiera, sería eternamente pecador y culpable hasta más allá de la muerte. Lo juzgarían, condenarían y castigarían con el infierno. Por mi culpa, por mi gran culpa, era el lema.

Por mi gran culpa fue la sentencia que me llevó a obedecer. A pelear contra mí mismo, contra mi naturaleza. A no odiar, o a decir que no odiaba. A no vengarme, a tratar de ser modesto, a luchar por ser humilde. En últimas, a no ser humano, demasiado humano, para transformarme en uno más de esa masa muy gris, muy compacta, muy aprobada y absolutamente manipulada que va por la vida dándose golpes de pecho mientras repite Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.  

 

 

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