Por: Gonzalo Silva Rivas
Notas al vuelo

Por partida doble

A cuatro horas de Bogotá y dos de Tunja se localiza Santa Sofía, un pequeño y apacible pueblo de rasgos particulares, de esos que abundan entre las montañas y valles boyacenses. Su estrecha cabecera municipal está encunada en un frío brazo de la cordillera Oriental, pero sus diez veredas se desgranan sobre un mosaico de pisos térmicos que pincelan variedades de climas y paisajes.

Santa Sofía tiene ese sabor entrañable que da la vida en el campo, donde gente de trato cercano y cordial estrecha la convivencia. Es un municipio agrícola y pecuario que orienta la producción de sus cultivos al vaivén de las crisis económicas. Produce curuba de Castilla, fruto tradicional, casi silvestre, que durante décadas reinó como principal medio de sustento, pero quedó relegado ante la inestabilidad de los precios. Sus tierras se abrieron para las siembras extensivas de tomates bajo invernadero, producto que pisa fuerte en el mercado nacional y traspasa fronteras con rumbo a México, Costa Rica y Panamá

Cuenta con 3.000 habitantes, la mitad de la población que pocos años atrás desbordaba sus calles y que se diezma por falta de oportunidades. Su migración hacia Bogotá y Tunja crece, y mientras miles de sofileños cumplen sus sueños por fuera, el pueblo se achica y amplias casonas se cierran hasta las concurridas fiestas parroquiales que lo transforman en bullicioso hervidero de visitantes.

El pintoresco municipio está enclavado en un variopinto y fértil territorio y conforma una ruta turística de increíbles lugares ancestrales con Moniquirá, Gachantivá, Villa de Leyva, Sutamarchán y Saboyá, poblaciones con las que comparte límites. Sobre la compleja topografía de montañas, páramos y valles boyacenses se enlazan estos pueblitos campesinos y artesanales, cargados de historia y de hermosas postales, que proponen descanso y contemplación.

Las especiales características prodigan a Santa Sofía de varios recursos naturales convertidos en atractivos turísticos. A lo largo de su encumbrada superficie de 78 km2, se descubren múltiples  opciones para el turismo ecológico, en actividades de senderismo, montañismo, torrentismo, barranquismo, espeología y escalada.

Por sus alrededores se encuentra el Paso del Ángel, un sosegado camino rural que —en un trecho de dos metros­— reduce su senda a 20 centímetros sobre el filo de una montaña rodeada de dos profundos abismos, uno de ellos sobre el río Moniquirá, a 160 metros de altura. Muy cerca está el Hoyo de la Romera, con una caída de 40 metros, donde, según la leyenda, los indígenas arrojaban a las mujeres infieles, y en cuyos terrenos funciona una espléndida finca turística que se dedica a la práctica de rapel y camping.  

Desde otros puntos de salida, y tras cortos recorridos, aparecen el Salto y Cueva del Hayal, una magnífica formación rocosa que descarga portentosas aguas desde 25 metros; la cascada cristalina de la Juetera; la Cueva de la Fábrica, antiguo templo indígena que aún conserva estalactitas; la Cueva del Indio, apreciada por su relieve kárstico, y una singular roca movible de tres metros de diámetro, conocida como la Piedra Movida.

Su patrimonio culinario y cultural marca una indisoluble relación con la vida rural. El recurso gastronómico está basado en la tipicidad de sus platos de fritanga dominguera, mute de mazorca y gallina campesina, y las tradiciones culturales se expresan en el Reinado Nacional del Tomate, las Fiestas Religiosas de Santa Rosa de Lima, el Festival del Burro y la Feria Equina y Bovina, eventos locales que adquieren madurez en el calendario folclórico nacional.

Como su vecino Toca, Santa Sofía tiene la dispensa de contar con dos iglesias, condición que le agrega fortaleza a su propuesta cultural. Una antigua construcción tallada en piedra, con un siglo de existencia, y un moderno y espacioso templo de arcos aerodinámicos, edificado 50 años después gracias a los generosos dineros de la comunidad, acercando los rasgos de su diseño a la imponente Basílica de Constantinopla. Pero contrario a Toca, sus dos parroquias celebran oficios religiosos y no reposan juntas en la misma acera del parque principal.

Disponer de dos iglesias es un privilegio poco común en las pequeñas poblaciones, pero Santa Sofía, una afectuosa comunidad conservadora, tradicional y religiosa, se da el lujo de tenerlo, pese a que —por estragos de la emigración— no es que le sobren muchos fieles para llenarlas. Dos bellas parroquias en las que Dios atiende ruegos y que, por partida doble, apetece repetir antes de un suculento plato de fritanga dominguera.

gsilvarivas@gmail.com

@Gsilvar5

 

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