Por: Arturo Charria

¿Por qué en Colombia las calles no arden?

En menos de dos semanas Quito, Barcelona, Beirut y Santiago de Chile han ardido. Las imágenes de barricadas y de enfrentamientos con la policía se repiten como un solo incendio en calles distintas. La palabra crisis queda pequeña para explicar lo que pasa de manera simultánea en estas lejanas latitudes y en el aire queda la pregunta: ¿por qué en Colombia no? Propongo tres posibles explicaciones.

Primero

El triunfo discursivo de la derecha de igualar la protesta social a la violencia armada. Durante décadas se ha señalado a las manifestaciones populares de estar infiltradas por la guerrilla y se piensa que cada llamarada que explota entre los manifestantes proviene de las montañas de Colombia. Y aunque en el mundo el fuego y la conflictividad social son recurrentes, nadie se pregunta: ¿por qué en otros países hay mayor violencia en las protestas, aunque no haya guerrilla? 

En Colombia la narrativa de la derecha aún sigue anquilosada entre los escombros del muro de Berlín y la lógica del enemigo interno sigue dando réditos políticos. Así, el estigma sobre quienes se movilizan permite que se propongan leyes en las que el vandalismo se iguala a terrorismo y hacer un grafiti contra el sistema no es daño a un bien público, sino una acción armada.

Segundo

La fragmentación de las luchas sociales. Este fenómeno es global y fue planteado por los investigadores Antonio Negri y Michael Hardt en su texto Multitud. Para estos dos intelectuales, el triunfo del capitalismo no fue la desaparición del comunismo, sino la ausencia de otro proyecto colectivo que le hiciera contrapeso. Consecuencia de esto, las luchas sociales se atomizaron y se dispersaron bajo el rótulo de identidades emergentes: feminismo, trabajadores, estudiantes, ambientalistas o transportadores.

En Colombia los gobiernos se benefician de esta fragmentación. En el último mes hubo movilizaciones de transportadores, de mujeres exigiendo el aborto legal y de estudiantes. Cada una generó “dificultades” y reacciones distintas por parte de la ciudadanía. ¿Qué hubiera pasado si estas tres manifestaciones se hubieran juntado? ¿Y si a estas se sumara el descontento popular por propuestas como salarios inferiores para menores de 25 años o la reforma pensional que imita al sistema chileno?

La alternativa está en crear una multitud que consolide un bloque contrahegemónico y que cuestione al sistema. Mantener las identidades emergentes, pero ser parte de una multitud más fuerte; hacer de la política una lucha solidaria y no solo una reivindicación sectorial. 

Tercero

La cooptación de las juntas de acción comunal (JAC) por las maquinarias electorales. Antes de la primera elección popular de alcaldes (1988), en el país las necesidades comunitarias eran tramitadas desde organizaciones barriales que se agremiaban en las JAC. Esto permitía una cohesión social desde el barrio, los problemas no se sectorizaban sino que se discutían colectivamente: servicios, vías, costo de vida. Cuando había un malestar general en la comunidad, se organizaban acciones barriales que podían extenderse a otros vecinos hasta formar paros cívicos. 

Con la elección de alcaldes, los candidatos comenzaron a negociar con los presidentes de las juntas y estos determinaban las acciones que podían priorizarse en la comunidad. En los barrios se habla de las vías, la seguridad y los parques, pero las discusiones sobre el costo de vida dejaron de ser importantes: el costo del pasaje del bus o el aumento del salario mínimo ya no son temas para discutir colectivamente en el barrio. 

En Colombia sentimos un destino trágico que se resume en la frase: “Así lo quiso Dios”. Pero basta con revisar las dinámicas sociales e históricas para comprender que Dios nada tiene que ver con el costo de vida y que las vías no se dañan solo por la lluvia y el tránsito sobre ellas. De lo que se trata es de recuperar la solidaridad, las dinámicas barriales y de entender que el fuego también ilumina. 

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