Por: Julio César Londoño

Por qué encanaron al buen muchacho

Consternado tras sus gafas Armani, Arias no lo puede creer. "¡Imagínense, son 16 años, cuatro periodos presidenciales, acabaron con mi carrera política!".

Tiene razón, señor Arias, yo también creo que su condena es excesiva. Al fin y al cabo usted está acusado de cometer irregularidades administrativas, no delitos. Al fin y al cabo Econometría desmintió a la Fiscal, que aseguró que esta firma había advertido al Ministerio de Agricultura sobre el fraccionamiento de lotes, un punto importante en el alegato de la defensa.

Pero, detalles aparte, lo cierto es que la condena y el carcelazo a Arias han sido recibidos con un regocijo francamente nacional. Si descontamos la indignación de Uribe y su secta, el país entero aplaude la tragedia de Arias. ¿Por qué? ¿Por qué razón en un país lleno de cafres de marca mayor, execramos así a un mero aprendiz de cafre? ¿Por qué razón Arias concentra los odios en medio de esa legión de funcionarios uribistas sub iúdice? ¿Por qué no convergen en María del Pilar Hurtado, una señora mucho más peligrosa? ¿O en Andrés Uriel, el beato que nos legó una de las peores infraestructuras de carreteras de América? ¿O en los alquimistas de la DIAN, capaces de convertir empresas de papel en oro contante y sonante? ¿O en la aplaudida ministra de Educación, que nos dejó en la cola de las pruebas Pisa? ¿O en el exministro Palacios, a quien recordaremos siempre por su torpe reforma a la salud y su miopía frente a los repagos del Fosyga? ¿O en Arana Sus, el embajador que firmaba con sangre? ¿O en Jorge Noguera, que convirtió el DAS en una agencia paramilitar? ¿O en Bernardo Moreno o en Sabas Pretelt o en los pujantes hijos del ejecutivo? ¿O en el mismo Juan Manuel Santos, que salió impoluto del caso de los falsos positivos, quizás el capítulo más siniestro de nuestra siniestra historia?

Tal vez Arias cayó porque era símbolo de un régimen demasiado turbio. Se destacó por su brillante carrera, por su ambición y, sobre todo, por la mediocridad del resto del gabinete.

El caso AIS tocó las fibras más sensibles de la opinión porque era un programa que buscaba justamente paliar las desigualdades del cuarto país más inequitativo del mundo. A diferencia de otros chanchullos, más suculentos pero también más complejos, más difíciles de entender, la infamia del caso AIS es evidente. Desviar un fondo creado para pequeños y medianos agricultores hacia ingenios y familias ricas, y en últimas hacia su propia campaña presidencial, fue demasiado incluso en un país acostumbrado a presenciar espectáculos aberrantes. El hecho de que hubiera una diva involucrada complicó el cuadro y lo caricaturizó. Uno podía creer que los Dávila o los Lacouture eran pobres y agricultores. Pero Valerie Domínguez no podía fungir de pobre ni de agricultora. El servilismo de Arias también conspiró contra él. A veces la gente simpatiza con un bandido de carácter, jamás con un lacayo.

También puede ser que la gente aborrezca a Arias porque la Justicia aún no toca a Uribe directamente. Arias es el pararrayos de esa frustración nacional. Al que de verdad queremos ver en el banquillo es a Uribe, ese señor al que los dioses le dieron todo, inteligencia, la coyuntura de una bonanza mundial, crecimiento económico sostenido, confianza inversionista, dos periodos presidenciales consecutivos, popularidad, éxito en la guerra, poder real, cacaos, pueblo, generales… y en lugar de hacer historia con semejantes cartas, sazonó este caldo de babas y sangre en el que hoy naufragamos viscosamente.

Yo también me alegro mucho de que la carrera de Arias haya llegado a su fin. Es posible que una nación resista un Uribe, pero no dos.

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