Por: William Ospina

¿Por qué es negra la noche? Ensayos de Julio César Londoño

LO ÚNICO QUE ME TRANQUILIZA EN el aire es la inteligencia. Por eso durante mucho tiempo he viajado en avión con un libro de Borges al alcance de la mano. A falta de ese recurso me han sido útiles Paul Valéry, Auden, Harold Bloom y hasta Jean Paul Sartre. Ahora me acompañan los libros de Julio César Londoño.

Hablo de la capacidad, que tienen unos pocos escritores, de decirnos cosas que tenemos la sensación de no haber oído nunca y que nos parecen indispensables para la vida. Y no incluyo la fantasía en ese orden de cosas tranquilizadoras: la fantasía, la mera imaginación, la ficción, suelen ser deleitables y suelen dar felicidad, pero no necesariamente dan tranquilidad.

A mí me tranquiliza la inteligencia. Nada como ella me produce la ilusión de que hay un orden, un diseño secreto en el universo del que son prueba el polen de las flores y las propiedades del agua, la excitante sensación de un comienzo que producen los atardeceres y la deprimente sensación de un final que producen las primeras luces del alba. Julio César habla con claridad y con gracia de temas difíciles y no los simplifica ni los trivializa. Al contrario, nos hace sentir, o creer, que estamos empezando a entender cosas complejas, que la inteligencia es contagiosa.

Todo aquel que nos da como una evidencia algo que no habíamos visto, y todo aquel que sabe presentarnos como algo nuevo por su vistosidad, su contundencia o su entonación, verdades que parecían archivadas en las alejandrías del olvido, es nuestro benefactor. Algo de eso hay en la poesía cuando la escriben o la dictan Homero, Dante, Browning, Whitman o Borges. Hay una poesía de alto contenido intelectual que participa de las propiedades del ensayo, que conmueve por su carga de emoción y fascina por su rica sensibilidad, pero también sobrecoge por su entendimiento.

Esto nos lleva a advertir la creciente libertad de los géneros. Así como en el impresionismo la pintura aprendió a liberarse de la prisión de la línea, de la cárcel del dibujo; así como en el expresionismo aprendió a liberarse de la tiranía de la naturaleza, de los grilletes de la forma y de la perspectiva; así como en el cubismo aprendió a liberarse de los moldes del punto de vista y del punto de fuga, los géneros literarios se han despertado de pronto, tras un sueño intranquilo, metamorfoseados unos en otros. Borges nos ha regalado ensayos de catorce versos endecasílabos con rima, ensayos con protagonista y argumento, novelas de tres páginas, enciclopedias de un párrafo.

Algo está ocurriendo en la región de las letras, y leer a Julio César es una de las maneras de asomarnos a esa emergencia. Uso la palabra en su sentido etimológico, que suele ser el menos advertido, acaso porque, como la carta robada, es el más evidente. No debería asombrarnos de que la palabra “desastre” significara en sus orígenes “caída de estrellas”; ni extrañarnos de que el verbo “considerar” significara tener en cuenta el firmamento; ni espantarnos de que la palabra “trivial” significara eso: tri-vial, lo que ocurre en el sitio donde los caminos se trifurcan, donde converge todo el mundo.

Julio César Londoño suele presentarse como un ensayista de divulgación científica. Cuando se dice que alguien es divulgador, se presume que se limita a transmitir verdades ajenas. Pero existe el divulgador creativo, que asocia y enlaza conceptos, que destila en buen alcohol una amalgama de información heterogénea y la hace digerible y embriagante. Divulgar no es un ejercicio simple, como amplificar o distribuir, sino un acto complejo en el que interviene la inspiración. No consiste en permear conciencias sino en hacerlas permeables, no en explicar sino en hacerse entender; ese trabajo persistente y sutil por el cual don Quijote quijotiza a Sancho, y lo vuelve capaz de creer en gigantes, magos y otras sustancias invisibles.

Es grato percibir la poesía y la excelencia de los recursos literarios en libros que no se proponen hacer literatura. Londoño no pretende decir nada propio, pero hace algo mejor, apropiarse de las verdades de la época, de los saberes de la tradición, y exponerlos como cosa personal. Y lo hace con gracia narrativa y verdadero sentido del humor. Eso equivale a poner en la mesa común y cotidiana los frutos y las fuentes del paraíso.

Para hacernos más inteligentes, lógicos y sutiles, para dar el salto de la caverna al banquete, que Platón recomienda, es bueno leer estos libros. Revelan que la antigua costumbre de pensar no nos ha abandonado y conserva su divina condición de fiesta y de lámpara. Son meditaciones de alguien para quien el cuerpo, la risa, la muerte, la sexualidad no son cosas habituales y sin misterio, sino enigmas apasionantes, alguien que arranca de ellos chispas de revelación y de asombro, que no los considera triviales desastres.

He sido su amigo largo tiempo y lo agradezco. He vivido la experiencia inquietante de ser su interlocutor e incluso su contradictor. Hasta le he reprochado que no se emocione con la misma docilidad que yo ante ciertos versos, pero eso se debe a una deficiencia juvenil en los folículos pilosos de su antebrazo que ya irá mejorando con los años. Yo, por causa suya, aprendo a emocionarme con las ecuaciones. Y si no fuera porque el tiempo es breve, podría llegar el día en que ambos contemplemos con emoción idéntica ciertas formulaciones del lenguaje, sin saber con certeza si se trata de poemas o de teoremas.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

El regreso de la historia

Los vientos del Pacífico

Liborio: la voz de las montañas

Detrás de aquel rostro

Esta tierra donde es dulce la vida (III)