Por: Hernán González Rodríguez

¿Por qué fracasan las naciones?

El autor de esta nota ha considerado de tiempo atrás que gran parte de los problemas de Colombia se relacionan con la incompetencia de sus instituciones.

Estima que por acá funcionan con frecuencia más como obstáculo que como locomotora: los partidos políticos, el Ejecutivo, la Justicia, el Congreso, las Altas Cortes, la lucha contra la guerrilla, las obras públicas, los medios de comunicación y hasta algunos sectores de la Iglesia Católica.

La revista Semana publicó recientemente un gran resumen sobre el libro titulado Why Nations Fail (Por qué fracasan las naciones), cuyos autores son James Robinson y Daron Acemoglu, profesores de Harvard y del MIT. Este libro se considera como el libro más destacado del año sobre economía.

Aún no lo he leído, pero considero oportuno tomar algunas ideas del buen resumen de Semana. Muchas veces pensamos que la geografía, las montañas, la cercanía a la costa o el clima determinan la prosperidad de un país. Otras veces inculpamos la herencia española, las diferencias raciales y el mestizaje de alguna parte de nuestros fracasos. No hace mucho se pensaba que China no podría industrializarse y progresar por culpa de sus principios religiosos.

Nada más equivocado. La tesis principal del libro es que el futuro de las naciones dependerá de la forma como los pueblos organicen sus instituciones y sus reglas de juego. Aunque las instituciones económicas son esenciales, consideran que las instituciones políticas son las más determinantes. La economía marcha tras la política.

Las naciones fallan porque sus instituciones son débiles y excluyentes, al privilegiar unos grupos de la sociedad sobre otros y concentrar el poder en una élite que actúa para su propio beneficio. Para corroborar esta tesis mencionan a Egipto, nación gobernada durante décadas por una casta reducida. No lo mencionan los autores citados, pero los políticos estadounidenses han impedido la recuperación rápida de su economía y de los políticos colombianos ni hablar..

El punto fundamental es la capacidad del Estado para gestar instituciones que protejan la propiedad privada, estimulen la innovación y generen incentivos y oportunidades por igual. Alguien después de leer el libro lo resumió así: “¡Es la política, estúpido!”.

El libro le dedica algunos párrafos a Colombia. Robinson, con la autoridad de ser conferencista frecuente en la Universidad de los Andes, considera que el centralismo nuestro nos impide controlar todo el territorio y, como consecuencia, en muchas partes del país la ley está ausente. No es de extrañar entonces, dice, que hayan florecido grupos como los narcotraficantes, el paramilitarismo y la guerrilla.

“Pero en algunas regiones del país, las instituciones económicas funcionan bastante bien… pero, en otras, las instituciones muestran un grado mínimo de autoridad estatal”. Se queja, así mismo, de las desigualdades, de la carencia de un régimen tributario equitativo y justo, de la incapacidad de los gobiernos para mejorar una infraestructura que se arruina en cada invierno y de la baja inversión en educación, tecnología e innovación.

Y termina afirmando que si bien Colombia no está a punto de colapsar, piensa que lograr por acá un crecimiento económico sostenido, elevado y generalizado, es muy poco probable. Pero, a pesar de su pesimismo, estima que no es imposible cambiar, corregir el rumbo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hernán González Rodríguez

La mentira del libre comercio

Manipulación de la moneda china

Hambre pavorosa en Venezuela

“Seis comandantes se destapan… y hablan”

“El empresario: el lobo que hay que abatir”