¿Por qué no están seguros los niños en sus hogares?

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Mi carrera como educador inició formalmente en 1978. Fui nombrado profesor de Religión y Ciencias Sociales en un colegio público ubicado en San Blas, un barrio para entonces marginal en el Suroccidente de Bogotá. Allí conocí, de primera mano, el constante abandono en el que por décadas el Estado ha mantenido a la educación oficial en Colombia. Al cabo de poco tiempo fue amenazada la profesora de Matemáticas por lo que, en ese contexto, decidí asumir una parte de sus asignaturas. Nunca nos nombraron al profesor de Educación Física y opté por quedarme en las tardes a trabajar teatro y orientar la actividad física de los muchachos. En ese momento, FECODE invitaba a los docentes a soñar con una nueva escuela e impulsaba el movimiento pedagógico que conduciría, años después, a la Ley General de Educación de 1994.

Mis primeras experiencias como docente me permitieron conocer la cruda realidad que viven millones de niños, niñas y jóvenes en los barrios marginales en las grandes ciudades. Muchos de ellos eran humillados, maltratados, golpeados y acosados en sus propios hogares. Una tragedia humana de incalculables proporciones. Era frecuente que algunos no se pusieran la pantaloneta al hacer ejercicio, para que no se viera el efecto de la ira con la que sus padres los habían golpeado con el cable de la plancha o el cinturón. Un día un niño que mantenía sus manos escondidas me confesó que no podía escribir porque su madre le había exigido poner su mano en la bisagra de la puerta mientras ella la cerraba para, supuestamente, enseñarle a no llegar tarde a casa.

Para aquel entonces, las escuelas también eran espacios bastante autoritarios en los que culturalmente estaba autorizado el maltrato, los golpes y las humillaciones. Sin embargo, fue notable el cambio vivido en los colegios durante las últimas décadas del siglo pasado. Se defendieron los derechos humanos de los menores y se favoreció la participación de la comunidad en la construcción de las escuelas, lo que a la postre condujo a la democratización de los colegios. La Ley 115 de 1994 y la construcción de los Proyectos Educativos Institucionales (PEI) son una buena prueba de este notable avance. Para lograrlo, hay que reconocerlo, fueron esenciales la promulgación de la Constitución de 1991 y un trabajo conjunto entre los docentes y el gobierno.

No sucedió lo mismo en los hogares. Los padres maltratadores en esa época decían lo mismo que afirman hoy: “A mí de pequeño me dieron correa y palo y vea que no tengo ningún trauma”. La gran paradoja es que lo dicen los padres que siguen creyendo que acosando a sus hijas y golpeando a sus hijos forman jóvenes más berracos para enfrentar las dificultades del mañana. A esos padres y madres los invito a leer la Carta de Franz Kafka a su padre, muy especialmente, cuando le decía: “Después de los golpes que me diste, me volví obediente. Eso es cierto. Pero quedé interiormente dañado”. Kafka da en el clavo: los niños maltratados se vuelven obedientes, pero quedan emocionalmente rotos. Su autoestima se vuelve baja, dejan de confiar en los demás, se les dificulta establecer relaciones, y algo que nunca debemos olvidar, es que se vuelven más tristes y amargados. La tragedia del maltrato es la infelicidad presente y futura.

Traigo a colación el caso de la violencia que sufren muchos niños en sus hogares en Colombia porque ese es uno de los argumentos más importantes que sustentó el movimiento que salió en defensa de la reapertura de los colegios. Señaló que los colegios son espacios de protección de los menores, en tanto muchos hogares no lo son. Es muy triste decirlo, pero es totalmente cierto. En muchos hogares las niñas están expuestas a los abusos frecuentes de sus padrastros, cuando no a la violación de alguien cercano al hogar. Tiene que estar muy enferma una sociedad para que, como señala el ICBF, el 85% de las violaciones a menores se presenten en el seno de su propio hogar. Nunca lo podremos olvidar: ¡eso todavía sucede en Colombia!

Los padres golpean a sus hijos porque la cruenta violencia que hemos vivido los ha insensibilizado frente al maltrato y no les ha permitido desarrollar empatía. También porque fueron formados en escuelas y familias autoritarias y porque el Estado ha hecho muy poco para que los derechos de los niños primen sobre todos los demás. Será un proceso muy lento superar esta tragedia, porque se requiere, en sentido estricto, un cambio cultural.

En el nuevo contexto de la pandemia, la violencia intrafamiliar se alimenta del estrés de los padres, la caída en los ingresos familiares y la incertidumbre. De esta manera, se eleva el riesgo de maltrato en el hogar. Esto puede ser verificado estadísticamente. Según los datos de Medicina Legal, hasta noviembre de 2020 se presentaron 19.913 reportes de violencia intrafamiliar. De ellos, 15.787 corresponden a presuntos delitos sexuales contra menores de edad y 579 fueron asesinados. Aun así, las cifras están claramente subvaloradas, porque la gran mayoría de los casos de acoso y violación no son reportados: los abusadores revictimizan a sus víctimas y les dicen que, si cuentan, “matan a la mamá y a sus hermanitos”, entre otras artimañas de manipulación. Por eso uno de los más graves delitos es la impunidad, superior al 90% de los casos denunciados.

Todos los días tenemos miles de vidas destrozadas por este flagelo, pero como están cerrados los colegios, es más difícil saberlo, porque los rectores son la principal fuente para reportarlos. Es por eso que las cifras muestran una aparente caída en los primeros meses del confinamiento, pero después de julio aumentan de manera considerable. Para septiembre, en el caso de Bogotá, las denuncias que destaca la Veeduría Distrital evidenciaban un incremento del 91 % frente a las presentadas en abril.

Sigue muy afianzada en nuestra cultura la idea de un supuesto nexo entre el cariño y la violencia, el cual se expresa en el lamentable dicho: “porque te quiero te aporreo”. Nexo que solo es válido en personas con graves dificultades para expresar amor y cariño, y sabemos que, la mayoría de ellos, fueron violentados y abusados en la infancia, alimentando de esa forma un eterno círculo vicioso. Así mismo, un reciente estudio de la Universidad de La Sabana (2020) concluye que en el 49 % de los casos de violencia intrafamiliar, los agredidos creen que “se lo buscaron”, entonces, también ellos, en buena medida, justifican la violencia que recibieron.

Sin duda, tenemos que abrir los colegios para proteger a los niños menores. Pero hay algunas preguntas que tenemos que hacernos como sociedad: ¿Qué hemos hecho tan mal para que los niños, las niñas y los jóvenes no estén seguros en sus propios hogares, donde se supone que conviven con quienes más los aman? ¿Cuándo y cómo nos contagiamos de sed de venganza, ira y violencia?

En la educación está la clave, pero tenemos que ser conscientes de que educadores somos muchos. “Educan” los políticos cuando promueven el miedo, la ira y la venganza. Así mismo, lo hacen las redes y los medios de comunicación cuando manipulan según los intereses de quienes los financian. De igual forma, los magistrados cuando conforman carteles de la toga. Quizás uno de los peores ejemplos sea el de los políticos adictos al poder. Es crucial el papel que juegan los padres en la manera como sensibilizan a sus hijos, el ejemplo que brindan y la forma en la que dialogan con ellos. Con tantos educadores que pueden llegar a cumplir un papel tan negativo, es comprensible que muchos padres sigan pensando que darles fuete, palo y cable a sus hijos será bueno para ellos a largo plazo. Una sociedad tan autoritaria e intolerante como la que hemos construido forma padres y madres también autoritarios.

¡Claro que tenemos que abrir los colegios para proteger a los niños menores! Pero al mismo tiempo tenemos que atacar las causas de la violencia familiar, porque en los colegios sus profesores protegerán a los niños y niñas, pero, ¿quién los protegerá cuando lleguen todos los días a sus casas?

* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria)

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