Por: Santiago Montenegro

Por qué no firmé

Mi apreciado amigo Jorge Humberto Botero me invitó a firmar el “Manifiesto por Colombia”, documento que reunió a medio centenar de intelectuales de diversas orientaciones políticas e ideológicas con el fin de aportar al diálogo social. No lo firmé porque, al ser un documento de principios sobre la sociedad, solo se refiere a propuestas relacionadas con el Estado, la mayor parte de las cuales comparto, pero no incluye otros temas de principio referentes a la democracia, la sociedad civil y la economía.

Como todas las sociedades de occidente, la modernidad hizo de Colombia una sociedad compleja y diferenciada funcionalmente, utilizando el concepto de sociólogos como Habermas y Luhmann. En el tránsito de la sociedad primitiva a la moderna, esa diferenciación predominantemente funcional se plasma en diferentes sistemas que simplifican o reducen la complejidad, al tiempo que cumplen funciones vitales y sin que ninguna pueda reclamar prioridad absoluta, como la función política y la económica. En el plano de la política, la modernidad creó un mecanismo mediante el cual las personas, ahora también ciudadanos, se comprometen a adoptar decisiones públicas basadas en reglas previamente consensuadas, lo que llamamos democracia representativa. En el plano de la economía, el mercado fue fundamental para ayudar a romper las estratificaciones y la sujeción de unas personas a otras en razón de una posición social o un apellido y, al ayudar a crear un ámbito de autonomía personal, hizo posible la libertad individual, primero contra la coacción y, crecientemente, en un sentido positivo, para poder editar planes de vida y consumir bienes y servicios, sin pedir permiso a un señor feudal, a un mandamás ni a un clérigo. Con esta nueva concepción del mundo y del ser humano, se enterró la idea inmemorial de un libreto ya escrito, un telos, del que no es posible separarnos. Pese a todos los problemas que aún enfrentamos, con la modernidad hemos logrado el mayor grado de bienestar y libertad que la humanidad jamás imaginó.

Pero la modernidad creó también un ámbito ajeno al Estado y a los sistemas político y económico, que Habermas denomina el “mundo de la vida” y que, coloquialmente, conocemos como sociedad civil. Es un ámbito en donde, en lugar de una razón meramente instrumental, predomina la razón comunicativa entre sujetos, es la esfera de las organizaciones de barrio, las universidades, los tanques del pensamiento, las fundaciones, los círculos literarios y culturales, las peñas deportivas y otra multiplicidad de instituciones formales e informales que nos unen como seres humanos y, de alguna manera, nos aíslan y protegen de la lógica de los sistemas y del Estado.

Precisamente, lo que permitió a este distinguido grupo de intelectuales reunirse, conversar y acordar ese manifiesto fue uno de esos espacios del “mundo de la vida”, un espacio de la sociedad civil. Lo hicieron, no porque buscaran un fin pecuniario ni porque una ley o una norma los obligara. Lo hicieron porque, simplemente, quisieron hacerlo. Tenemos que promover y defender esos espacios de diálogo, discusión y crítica respetuosa y constructiva como un principio de lo que queremos para Colombia. Pero, igualmente, en cuanto a principios también debemos tener en cuenta el tipo de democracia y de economía que anhelamos. Por no contener estas declaraciones o principios sobre la sociedad civil, la democracia y la economía, consideré que no debía firmar el “Manifiesto por Colombia”.

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