Por: Catalina Ruiz-Navarro

¿Por qué nos importa más la muerte de una perra que la de una mujer?

Esta semana se hizo viral un video en el que un hombre agarra a patadas a una perrita, Sasha, que resultó ser del hermano del agresor (esto lo sé porque los medios de comunicación corrieron a investigar a la velocidad de un rayo). El video fue trending topic con el hashtag #JuntosPorSasha y en un santiamén la noticia llegó a manos de la Policía Metropolitana de Bogotá. Según cuenta la revista Semana, “al conocerse la gravedad del caso, la Unidad de Protección Ambiental y Ecológica de la Policía Nacional inició un operativo de rescate por la agresión que sufrió la perrita”. Añade la revista, que también muestra fotos que atestiguan la eficiencia —inusitada— de la Policía, que “el operativo se manejó con la celeridad de un caso de la más alta complejidad”.

No hay duda de que el maltrato a la perrita Sasha es abominable y debe recibir un rechazo social unánime. Pero cuando estos casos de maltrato animal salen a la luz, pienso en cómo reaccionamos cuando se trata de maltrato a las mujeres —de eso también hay videos virales— y me duele que el rechazo sea menos unánime, porque nuestra empatía (o la falta de ella) dice mucho del lugar que ocupamos las mujeres y todos los “cuerpos de la periferia” en el mundo. Imaginemos por un momento que Pablo Armero hubiese sido acusado de coger a patadas cruelmente a un perro. ¿Estaría hoy en la selección? Ahora imaginemos otra cosa: ¿qué tal si por cada denuncia de maltrato a las mujeres, la sociedad y Policía se organizaran para reaccionar con tanta presteza? ¿Cuántas colombianas estarían hoy vivas?

Esto no es un llamado a que piensen en las mujeres cuando estamos hablando de los perros, no es un reclamo moral, ni quiero que sientan menos dolor, o solidaridad, con los casos de maltrato animal. Lo que les propongo, en cambio, es un ejercicio de observación. ¿Cómo administramos nuestra empatía? ¿Qué cuerpos la merecen, cuándo y por qué?

De las mujeres asumimos que se lo merecen, o que se podían defender. Y lo mismo pasa con los pobres, con la comunidad LGBTI, con los y las indígenas y comunidades afros, con los protestantes, con los periodistas, con las y los líderes sociales: todos nos lo estábamos buscando. Ninguna estaba recogiendo café. Con Yuliana Samboní tuvimos una solidaridad unívoca porque era una niña de seis años, una víctima intachable, pero si hubiese tenido 12, otra sería la historia y ya habría sido un “sujeto de sospecha”.

Pensamos que la violencia es para unos y para otros no. Cuando decimos “no merecía morir”, lo decimos de los buenos, los inocentes. El problema es que en esta categoría sólo entran los perros, los y las niñas menores de seis años. O también embriones y fetos que despiertan mucha más empatía que las niñas y mujeres en los grupos antiderechos (promuerte). De niña para arriba todas mordemos la manzana del pecado original y cualquier castigo, así parezca injustificado, así sea la misma muerte, termina siendo “por si acaso”. O bueno, también se puede estar por encima de la acusación y el castigo. Se puede ser absolutamente inmune a la sospecha, pero para eso toca tener poder, muchísimo poder, acumulado usualmente en cuerpos de hombres como Trump, o Uribe, porque ser macho no te hace invencible, pero sí reviste de teflón tus actos y tu reputación. A estos cuerpos con poder los protegemos y les perdonamos todas sus faltas con algo más que empatía. Es una suerte de devoción, como la que sentían los vasallos ante el patrón.

Leo que de manera reiterada a Sasha se refieren como “perrita”. Porque la palabra “perra” es muy fuerte y no queremos herir susceptibilidades. A las mujeres, en cambio, nos dicen “perras” como insulto, pero es casi que un cumplido: por las perras se preocupan más.

@Catalinapordios

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