Por: Julián Cubillos

¿Por qué nos vamos a indignar hoy?

Que las redes sociales se convirtieron en el pulso de la democracia colombiana es una afirmación que, por ingenua y desconcertante, merece toda la atención.

Un pulso social, un poder ciudadano que ya celebran los internautas por logros tales como sostener, durante casi tres días, el hashtag #semuevelacontrareforma. “Un fenómeno sin antecedentes en la corta historia de la red social en Colombia” –dice un medio de comunicación–. Porque la indignación crece; porque las redes son herramientas (más que medios) en las que el usuario interactúa de manera horizontal con quienes, en persona, difícilmente podría hacerlo; porque “¡Twitter es la voz de los que no tienen voz!” –responden, entusiasmados, quienes empuñan los celulares en defensa de la revolución–. Tamaña ingenuidad.

Pero sí, la indignación sí crece. De cuando en cuando, a través del flujo constante de Twitter suele traerse al frente la pregunta, siempre modificada, siempre la misma: “¿Por qué nos vamos a indignar hoy?”. Un sarcasmo desgastado y de mal gusto, sí, pero más que justificado en un país en el que la indignación dejó de ser genuina y pasó a convertirse en objeto de manipulación por parte del periodismo amarillista, una indignación mediática.

La indignación sí crece (no por las monstruosidades de un violador-empalador) por las monstruosidades de un violador-empalador que son noticia –como no lo fue (como tampoco suscitó indignación) el nuevo caso de violación que se presentó, quince días después, en cercanías a Medicina Legal–. La indignación sí crece contra el Gobierno, no porque éste le haya querido ver la cara al país con la Reforma a la Justicia (como se la vio con la Ley Lleras), sino porque hasta los medios más gobiernistas se mostraron “indignados”. Y crece tanto la indignación, que el Presidente mismo y el Congreso no se iban a quedar atrás –según aquél, porque “nos metieron gato por liebre”; según éste, porque “nunca hubo liebre alguna”–. Indignados sin vergüenza.

Lejos de un pulso social, Twitter podría verse hoy como un megáfono amplificador de noticias, un ‘gritadero digital’ para el desahogo de internautas –en el que abundan los tuiteros que solo interactúan en función del soliloquio narcisista y escasean los que sí están dispuestos a entablar un diálogo–. Pero es preferible concebir las redes sociales como parte de un proceso democrático que apenas comienza. Uno que irá madurando desde el facilismo individualista de ‘digitar’ hasta el compromiso multitudinario de ‘marchar’. Como lo han entendido la Primavera Árabe, el movimiento M-15 de España, los 'Occupy' de Wall Street y (hay que decirlo) el nuevo movimiento estudiantil colombiano. Como no lo entiende, todavía, aquel tuitero ‘revolucionario’ que en un hashtag ve el punto final (no inicial) de los cambios que pretende.

Durante tres días, vía Twitter, una indignación movió la contrarreforma. Si esa indignación no alcanzó para llevar a más de trescientos asistentes al Plantón de la Plaza de Bolívar, mucho menos alcanzará para cobrar los costos políticos en las próximas elecciones. Son los problemas de la indignación mediática: que dura lo que dura el titular; que todo el mundo (hasta el culpable) se muestra indignado y, en consecuencia, nadie lo está; que (y aun peor) no convoca, pues siempre habrá una nueva noticia que devele la esencia misma de este tipo de indignación, el consumo.

@Julian_Cubillos 

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