Por: Nicolás Uribe Rueda

¿Por qué protestan?

Me tocó ver desde el primer piso de una oficina pública, protegido por una puerta de vidrio enrejada desde adentro, el paso de la manifestación estudiantil del pasado miércoles.

Desde ahí, no sólo pude apreciar los mensajes y oír las arengas, sino también, de un momento a otro, dejé de ver todo lo que sucedía cuando una niña encapuchada se paró frente a nosotros y grafiteó la puerta, como si su intención no fuera dejar un mensaje sino destruir el patrimonio público. Recordé que, en el pasado, también yo había salido a marchar cuando consideré que se vulneraban de manera grave mis derechos por decisiones gubernamentales, o cuando creí que se había sobrepasado el derecho de permanencia en el gobierno de quienes resultaron incapaces para ejercerlo o quienes lo adquirieron de manera ilegítima. Por eso y por otras razones, creo que un una sociedad pasiva como la colombiana, que tolera casi estoicamente todo cuanto le pasa y que sin decir nada aguanta injusticias como si fuera su destino, debe valorar y cuidar las expresiones de indignación y rechazo de aquellos que, desafiando la costumbre, se atreven a salir a la calle a protestar.

Sin embargo, lo que sucedió el miércoles no fue una movilización orientada a pelear por una causa, sino una muchedumbre desorientada que desconocía la naturaleza de su lucha y que, por tanto, servía a intereses particulares de grupúsculos manipuladores con agenda propia, bastante alejada del bienestar de los estudiantes y sin duda ajena al interés por el mejoramiento del sistema de educación superior. La gran mayoría de indignados con la reforma educativa salieron a protestar sin saber por qué, desconociendo casi integralmente la naturaleza del debate en el que nos encontramos.

Mientras veía el paso de la manifestación, pensaba que en parte ella misma explica la necesidad de una reforma educativa. Y es que no puede ser exitoso un modelo en el cual el movimiento estudiantil es incapaz de plantear soluciones para mejorar la educación. He oído decir a los líderes de la protesta que la reforma educativa debe enterrarse por el sólo hecho de que a su construcción no fueron invitados los estudiantes y porque no resuelve todos los problemas que hoy enfrenta el sistema educativo. Lo primero no sólo es falso y lo segundo no sólo es absurdo, sino que además, ambos argumentos son de muy poca profundidad intelectual.

Es cierto que la reforma educativa presentada no es perfecta, pero también lo es que aumenta los recursos, hace la educación más accesible en las regiones, invierte en ciencia y tecnología y crea subsidios de manutención para los más pobres, entre otras cosas. Por ello, no puede ser desechada de plano sobre la base de argumentos tan panditos como los que han sido esgrimidos en el debate por parte de sus opositores. Ojalá salga del Congreso una ley mejor que la presentada, y ojalá ello sea posible gracias a la participación de estudiantes interesados en sacar este país adelante y no en aprovechar esta coyuntura para impulsar agendas particulares, que nada tienen que ver con la reforma educativa y la posibilidad de formar mejor a nuestros jóvenes.

@NicolasUribe

 

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