Por: Alvaro Forero Tascón

¿Por qué se equivocó Bogotá?

ES EVIDENTE QUE LA PRINCIPAL causa del mal estado en que se encuentra la ciudad es haber elegido al alcalde equivocado.

Pero ¿por qué lo hizo, si el electorado bogotano tenía un buen récord de decisiones en materia de alcaldía, y tuvo la posibilidad de escoger un candidato probado y exitoso? Pero sobre todo, ¿por qué cambió el curso, si los ciudadanos estaban complacidos con el camino que llevaba la ciudad?

La respuesta fácil es que Enrique Peñalosa hizo una mala campaña en 2007. Sin embargo, podría decirse que peor que la de Peñalosa fue la campaña de Samuel Moreno, basada en manipular con rumores falsos la imagen pública del adversario y en prometerlo todo, o que la mala fue la elección de las mayorías, que no quisieron ver lo evidente.

No puede haber una sola explicación para semejante error: escoger a un candidato proveniente de una de las familias más cuestionadas por corrupción en la historia del país, sin experiencia administrativa, reconocidamente clientelista, que desarrolló una campaña populista basada en propuestas sin sustento. Pero se deben buscar las explicaciones. En mi opinión, hubo tres importantes:

Los votantes no se dieron cuenta de que estaban cambiando de rumbo. Como Moreno prometía continuar el camino de Luis Eduardo Garzón, y éste había continuado parte de la visión que heredó de Peñalosa y Mockus, se produjo la sensación de que Moreno sólo cambiaría el énfasis, no que echaría para atrás los avances en materia de moralidad administrativa, tecnocracia y primacía del interés general.

Las mayorías desconocieron que la ciudad tenía por delante retos grandes y, en lugar de acudir al modelo que mejor los había manejado en el pasado, se dejó deslumbrar por la propuesta del metro, que era una visión populista basada en un diagnóstico equivocado del problema, porque era evidente que una costosísima línea de metro para transportar a menos del 10% de los ciudadanos, no era la solución.

Moreno no ganó representando el interés general, sino intereses particulares, que fueron los que realmente ganaron. Recién elegido Moreno, escribí una columna titulada “Funcionario público o privado”, en la que decía: “Las administraciones de Peñalosa, Mockus y Garzón tuvieron énfasis diferentes y atendieron prioridades distintas. Sin embargo, todas defendieron el interés general por encima de los innumerables grupos de interés que los presionaron y amenazaron, lo que les ganó el reconocimiento como gobernantes justos y honorables. No sucedió lo mismo en las recientes elecciones. A Samuel Moreno lo eligió una confederación de intereses particulares, articulada sigilosamente. Los empleados del acueducto y sus familias votaron por Moreno para que elimine la competencia de trabajadores menos costosos que ellos, los transportadores para mantener sus buses transitando por la carrera séptima, los socios del Country para mantener su predio. Y los taxistas, para que Peñalosa no les quitara los taxis, como aseguraba la verdadera propaganda negra. (...) Pero el éxito de su Alcaldía quizás dependa más de su transparencia que de sus rápidos reflejos. De si traiciona algunos de los intereses particulares que lo eligieron, en beneficio del interés general. De si se comporta más como un funcionario público, que como uno privado”. No fue así.

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