Por: Mauricio García Villegas

¿Por qué se obedecen las leyes?

AHORA QUE ACABA DE TERMINAR EL primer año de legislatura del gobierno del presidente Santos y que tantas normas han sido votadas y promulgadas, quizá valga la pena hacerse una de las preguntas más viejas y fundamentales de la teoría del derecho y del poder: ¿qué es lo que hace que la gente obedezca las leyes?

Todas las respuestas a esta pregunta se sitúan entre dos extremos: para el primero, más optimista, el poder sólo consigue obediencia cuando es legítimo y se funda en normas buenas (“el más poderoso nunca es lo suficientemente fuerte para mandar si no transforma su fuerza en derecho y su obediencia en deber”, decía Rousseau); para el segundo, más pesimista, la fuente de la autoridad está en el uso de la violencia (“el grito de la ley es demasiado débil para dominar el estruendo de las armas”, decía Plutarco, el historiador griego).

El debate actual sobre la obediencia ya no se plantea en estos términos tan generales (propios de la filosofía del poder). La pregunta clave ahora es esta: ¿cómo se comportan las personas en la sociedad?; y las respuestas también se reparten a lo largo de dos extremos. En el primero (también optimista) los individuos son vistos como seres altruistas que se guían por principios y valores; en el segundo (también pesimista) las personas son vistas como seres egoístas que sólo piensan en lo que más les conviene. La política pública cambia en cada caso. En el primero, lo que se recomienda es crear los incentivos positivos (por ejemplo subsidios) o negativos (por ejemplo multas) que moldeen el comportamiento humano. En el segundo, se propone fomentar la legitimidad de las instituciones para que la gente se acoja voluntariamente a lo que ellas imponen.

La teoría de los individuos egoístas (emparentada con la teoría de la fuerza) ha dominado el panorama intelectual de las últimas tres décadas y creado una imagen desmesurada en la capacidad de las leyes para moldear el comportamiento humano. No sólo eso, con mucha frecuencia esa teoría fue defendida y promovida a lo largo del planeta por una derecha republicana estadounidense abusiva e inescrupulosa, con las consecuencias que hoy se conocen.

En los últimos años han surgido muchas teorías e investigaciones que muestran las insuficiencias de la teoría de los individuos egoístas, sin caer en la caricatura opuesta, es decir, en una imagen social en donde todas las personas son buenas, ingenuas y generosas. Una de esas teorías es la de la reciprocidad. Según ella, cuando un individuo percibe que los demás cooperan, se comporta de manera desinteresada y altruista, pero cuando ve que los otros son avivatos, él mismo se vuelve egoísta y avivato. Está comprobado, por ejemplo, que se pagan más impuestos allí donde las personas ven que la mayoría paga y se evade más allí donde se ve que la mayoría evade.

La conclusión de la teoría de la reciprocidad es que los comportamientos altruistas o egoístas dependen en buena medida del grado de confianza que los individuos tengan respecto de los demás individuos y de las instituciones. Así las cosas, una buena política pública no sólo debe crear los incentivos (premios y sanciones) adecuados, sino que debe, sobre todo, lograr legitimidad y confianza.

Por eso, siguiendo esta teoría, es tan importante que las leyes que fueron creadas en esta legislatura logren los resultados esperados que, a su turno, creen la confianza y la legitimidad que el país necesita para que la gente obedezca. Así las cosas, lo más difícil está por venir.

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