Por: Jorge Iván Cuervo R.

¿Por qué va a ganar Zuluaga?

Empecemos por lo básico: Álvaro Uribe interpreta bien la frustración del Caguán y se hace elegir no sólo una sino dos veces, la segunda de manera torva, cambiando las reglas de juego en su favor.

 Luego, hace elegir a Juan Manuel Santos, un producto difícil de vender, como se puede ver. Por simple tendencia, ¿qué nos hace pensar que ahora no lo haga con Óscar Iván Zuluaga?

A esto se suma el estilo de la campaña de cada uno. Mientras Santos hace videos contradictorios que no afectan a los uribistas, quienes ya tienen decidido su voto, ni conmueven al indeciso, Uribe se la juega en la calle, sabiendo que su grey no le cobrará la insensatez de acusar al presidente y luego decir que no tiene prueba alguna. Él sabe que tiene tal margen de impunidad social, política y judicial que puede decir y hacer lo que quiera sin que le pase nada.

Asimismo, los mensajes de la campaña de Santos han sido ambiguos, sus asesores no han sabido “vender” bien los beneficios de un proceso de paz —que son muchos en términos de vidas, normalidad institucional y posibilidades de desarrollo— y el hecho de haberse enfocado en amplificar el miedo al regreso del uribismo olvida que, si de miedos se trata, es más fuerte y extendido el que mucha gente siente por las Farc.

Pero lo que verdaderamente cuenta es lo que representa Uribe, o lo que la gente percibe que representa, de lo cual Zuluaga se beneficia. Uribe es visto, de alguna manera, como la derrota de las oligarquías históricas, así suene raro. La negociación en La Habana, la única carta de Santos, se percibe como la negociación de dos oligarquías, y de ahí el rechazo que tiene entre amplios sectores de la población. No es el tema de la justicia ni de las víctimas.

Pero, además, lo de Uribe es la reivindicación de la provincia ante el centralismo, y un exalcalde de Pensilvania cuadra perfectamente en ese imaginario. Adicionalmente, esa insurgencia de un imaginario de la provincia también es la prueba de las limitaciones de la democracia liberal para lograr un mayor grado de cultura política y de desarrollo más equitativo. El proyecto político uribista es resultado del fracaso del modelo liberal centralista, y el hecho de que sea hostil con las reglas del Estado de derecho no repugna a una gran mayoría de colombianos que saben que el Estado es una estructura caótica sin cuya protección el ciudadano ha aprendido a defenderse, especialmente en las regiones. Elegir uno u otro candidato tiene un alto grado de representación simbólica, y Santos representa el tipo de político que mucha gente no quiere más, haga lo que haga, así lo haga bien.

La salida de Santos es paradójica. Ante la división de conservadores, verdes e izquierda —estos dos con algunos dirigentes con un alto grado de miopía al no valorar lo que está en juego—, sabe que tiene que pescar en río revuelto para atraer a aquellos votantes que crean en la paz, moviéndose un poco a la izquierda del espectro político, pero en el fondo sabe que donde puede sumar es con los votos que le pongan las maquinarias regionales, los noños, musas y demás. Y claro, Gerlein. Pero esta movida asusta a indecisos que crean genuinamente en la paz.

Esa carta refuerza su imagen del oligarca que decidió prolongar un modelo que ya no representa a la mayoría, que no revierte la desigualdad económica, aunque ese rechazo implique el regreso de un proyecto político retardatario, hostil a las reglas del Estado constitucional y que ofrece un escenario de paz sobre la base de la improbable rendición política y militar de las guerrillas.

 

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