Por: Humberto de la Calle

Por un bicentenario más allá de lo militar

Sé que es casi imposible edificar la historia dejando de lado las guerras. Algunos esfuerzos de historiadores contemporáneos al menos han hecho el ejercicio de buscar una narrativa que arroje luz sobre otros ángulos. Jacques Barzun, en Del amanecer a la decadencia, entrevera en la cadena de militares y políticos el desarrollo de la cultura, de las artes y las ideas filosóficas, con lo cual logra una visión que no sólo huele a pólvora. Para Peter Watson en su Historia de las ideas, como su nombre lo dice, el hilo conductor es el desarrollo de las ideas por encima de acontecimientos militares y fulguraciones políticas.

Sé que lo que voy a decir enseguida será una ingenuidad. Pero reconociendo la valentía y el esfuerzo sobrehumano de nuestros libertadores, esta celebración que ha orbitado alrededor de bayonetas, batallas, bajas en combate y ejecuciones produce una cierta desazón. Ya lo sé. Sin los ejércitos no hubiésemos adquirido nuestra independencia. Y también lo sé. La fuerza pública ha sido en buena parte artífice de nuestra unidad nacional y ha evitado la disolución. De modo que lo que abrigo no es antimilitarismo, muchas veces interesado. Pero esta efeméride, teñida de sangre, más bien constituye una oportunidad perdida para adicionar al homenaje otros valores y otras miradas. Sólo algunos ensayos se han ocupado del camino que hemos recorrido y de la clase de sociedad que hemos producido. Lo predominante han sido las bandas de guerra y los uniformes vintage de los soldados.

La disonancia es particularmente severa si nos percatamos de que este debería ser el momento de celebrar la terminación de uno de los largos conflictos que han agobiado este suelo. Y, sobre todo, duele que a partir de allí, del fin del conflicto, la posibilidad de construir una sociedad en paz se nos pueda escapar entre los dedos. Basta leer el informe de varios partidos dado a conocer por la representante Juanita Goebertus para encontrar la insoslayable realidad de una marcha llena de dificultades en esa tarea que concebimos como un paso que, tomando impulso en la oportunidad del fin del conflicto más aflictivo, emprendería una tarea colectiva: dejar a un lado la violencia y buscar caminos de reconciliación.

No hemos logrado salir de esa situación en la que el que gana gana todo y el que pierde es excluido casi hasta de su condición de ciudadano. Paloma Valencia de nuevo llamando violador de niños a Daniel Samper nos condena a esa “noche oscura del alma”.

1991 fue el año del pluralismo. En hombros de la Corte Constitucional, alcanzó puntos brillantes. Mi diagnóstico es que, al arribar al bicentenario, hemos ido hacia atrás en la construcción de una sociedad contemporánea, incluyente, respetuosa de la diferencia y que juega el partido de la política ceñida a reglas que excluyen por completo aquello de que Jalisco nunca pierde y cuando pierde arrebata. ¡Todo honor a los próceres! ¡Agradecimiento a nuestra fuerza pública por su abnegación! Pero esa no puede ser la quintaesencia de lo que nos legó la campaña libertadora.

Como el chicle, de los gringos copiamos eso de ponerse la mano en el corazón al sonar del himno. Pero no se puede confundir patriotismo con patrioterismo. Que el corazón no sólo se nutra de perdigones, sino también del anhelo de una sociedad más justa.

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2019-08-11T00:00:52-05:00

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2019-08-11T00:15:01-05:00

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