Por: Piedad Bonnett

Por un cambio de mentalidad

Uno se pregunta, viendo el rechazo masivo a las palabras de Andrés Jaramillo —en cuyo caso no vale la pena insistir—, si este tipo de escándalos mediáticos puede incidir a la larga en un cambio en las mentalidades.

Es posible. Y sin embargo, dado que las afirmaciones del empresario lo que volvieron a poner de presente es cuán arraigados están los prejuicios contra la mujer en la mente masculina, habría que ir más lejos y tener claro que son los colegios los que están llamados a generar el cambio y a contrarrestar los comportamientos machistas que muchos ven en sus hogares.

Se necesita debatir estos temas a partir de la convicción de que las categorías “hombre” y “mujer” son, más allá de cualquier determinismo biológico, construcciones culturales. Desafortunadamente la tradición religiosa, que sigue estando tan presente en la educación, ha tenido mucho que ver con la concepción de la mujer que maneja la sociedad machista. En el mundo judeo-cristiano, que es el que ha incidido en la formación de casi toda la población de América Latina, la mujer habita un territorio sin matices, donde o es santa o es puta. Durante siglos —y todavía ahora— ha prevalecido el ideal femenino inspirado en María, virgen que concibió a su hijo sin concierto de varón. Y que es también la figura sublimada de la madre, que no se asocia con sexualidad alguna y a la que pareciera serle inherente el sufrimiento. Pero en ese mundo simbólico la mujer es también Eva, que además de pecadora salió de una costilla de Adán, y que deslizada hacia la caricatura sería la perversa, la chismosa, la seductora que arrastra al hombre por los caminos de la concupiscencia. A pesar de que la razón intenta en el hombre contemporáneo superar esos estereotipos, allí siguen intactos, reproduciéndose una y otra vez en las telenovelas más baratas.

La España heroica y ultracatólica que nos catequizó también ha incidido en la percepción de lo que significa ser un varón. ¿Qué funciona en la mente de un hombre que acude a la violencia por celos? Pues la muy antigua idea de que debe defender su honra porque la infidelidad de la mujer lo afrenta, lo pone en ridículo y menoscaba su hombría. (Gabriel García Márquez, que ha sabido tocar siempre el corazón de nuestra cultura, mostró muy bien en Crónica de una muerte anunciada —una historia inspirada en una experiencia real— cómo la sublimación de la virginidad y los códigos de honor masculinos pueden llevar a la tragedia: los hermanos Vicario son impulsados al crimen de su amigo de infancia por una sociedad implacable, que cree todavía que los hombres deben lavar con sangre el honor de sus mujeres).

Es verdad que estos modos de ver y sentir se han transformado en la cultura urbana de hoy, que la Iglesia intenta modernizar sus puntos de vista y que hay ahora una legislación que defiende de manera más clara a las mujeres. Pero, como vemos, en el inconsciente colectivo de hombres y mujeres existen todavía rezagos de la idea de que hay una superioridad masculina y de que el autoritarismo y la violencia son la forma natural en que el macho debe afirmar su poder. La escuela, pues, tiene mucho por hacer en estos terrenos.

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