Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Por un país distinto

En Defendamos la Paz creemos que, por algo tan supremo como cerrarle la puerta a la violencia, aun los más distintos podemos ponernos de acuerdo. Por eso el viernes miles de personas de diferentes credos, partidos, orígenes, culturas y nacionalidades salimos a marchar en 130 ciudades de Colombia y el mundo. Les dijimos a las víctimas que no están solas; la sociedad se despertó para advertirles a los violentos que matar es un verbo cobarde, irreversible y, sobre todo, intolerable. Al Gobierno le recordamos su obligación de proteger la vida de los ciudadanos y que, más allá de atrapar al pistolero de turno, le exigimos desmantelar y judicializar las siniestras organizaciones que ordenan cometer los crímenes.

En el mismo sentido de más urgente la paz que las diferencias, el Pazaporte de hoy se escribió a cuatro manos: nos reunimos dos personas que hemos vivido circunstancias diametralmente distintas; tanto, que habríamos podido nacer, crecer y morir, cada una con su historia, con sus tristezas y victorias, sin haber cruzado jamás una sola palabra.

Criselda Lobo Silva (Sandra Ramírez), coautora de esta columna, fue por 24 años la compañera de Manuel Marulanda Vélez, el hombre que, por medio siglo, tuvo en jaque a Colombia. Ella lo amó con devoción. Lloró su muerte como toda mujer enamorada y a ella, tan fuerte para enfrentar combates y montañas, se le entristecen los ojos al recordar ese 26 de marzo cuando —en silencio, y sin más violencia que la del dolor de morir— a uno de los hombres más temidos y buscados de nuestro país se le cansó, para siempre, el corazón.

Sandra vivió desde los 17 años en la guerra. Tiene las manos curtidas por las armas, la tierra y el río Guayabero. Fue discípula, escolta, lectora y mujer del fundador de las Farc. Aprendió fotografía, enfermería, lo curó cuando lo tumbó una mula blanca y tuvo a su cargo las comunicaciones del Secretariado. Pasó 35 años entre combates, huidas y hostigamientos.

En contextos diametralmente opuestos, ambas cometimos muchos errores. Tenemos heridas en la memoria y arrugas en la piel; sabemos qué son el amor, las amenazas y el adiós. Ambas humanas, ambas con alma. Ambas, ya, dispuestas a tejer confianza.

Crecimos en culturas y geografías muy diferentes. Ella nació en Santa Helena de Opón; yo, al otro lado del mar. Ella tuvo 17 hermanos; yo, ninguno. Nuestros afectos se formaron en escenarios mutuamente inimaginables y aprendimos a defendernos, cada una, de ese adversario amenazante que la otra representaba. Dice que durante años tocaron muchas puertas para evitar la guerra. Tal vez tocaron la mía y no supe abrirla.

Un domingo de Refugio —¡gracias, Patricia Lara!—, mientras oíamos Para la guerra nada y ensayábamos cómo reaprendernos en clave de paz, Sandra —hoy senadora del partido FARC— y yo —soñadora sin partido— nos conocimos. Ella dice que yo la miraba como si quisiera llegar al fondo de su alma, y tiene razón. Hablamos de las circunstancias que nos llevaron a ser lo que somos; de la impotencia frente a la muerte; de nuestra común urgencia por desterrar la guerra, por gritar que la vida es hermosa y nadie nos la puede arrebatar. El pasado nos enfrentó, pero el futuro es decisión nuestra. Ambas sabemos que si nos encontramos es para multiplicar nuestras voces por la vida y hacer cuanto podamos para construir un país distinto. Un país que no vuelva cometer, jamás, el error y el horror de la guerra.

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