Por: Columnista invitado

Por una alborada navideña

Traigo conmigo la magia de las noches de Navidad en un país tropical, ubicado abajo de la línea del Ecuador, en donde el 24 de diciembre no siempre llueve, el calor es inmenso y los niños sueñan con ver la nieve algún día.

He traído en el equipaje la memoria de la casa de la abuela, su amor, sus olores, sus sabores, el encanto del pesebre, el recuerdo imborrable del árbol de Navidad, que abrazaba los regalos, hasta después de la misa de Gallo, cuando Papá Noel llegaba a repartirlos. Recuerdo la ternura de la abuela, la mística de una gran familia unida alrededor de una mesa que agradecía todas las bendiciones. Años después, me comprometí a conceder a mi hijo esta magia inolvidable, la carta en la ventana, el ruido de los cascabeles, los trineos en el cielo, los ruidos de las fábricas del Polo Norte y sus incansables duendes; más que innumerables juguetes, algo que él pudiera guardar por siempre en el corazón, un regalo de la lista de los no comprables, aquéllos que nos sostienen cuándo la vida nos desafía.

El 2012 confrontó una vez más los modelos políticos y económicos vigentes. Asistimos el avance de la crisis económica en los centros de poder mundiales; vimos a países anteriormente deudores desacreditados prestar plata al FMI, a un hombre rehén de su propio invento por haber utilizado la libertad de expresión por denunciar las grandes y tristes estrategias para conquistar el mundo; vimos al presidente Chávez luchar fuertemente por la sobrevivencia del socialismo del siglo XXI, mientras la vida se le escapa; vimos al presidente Obama ser reelegido por el voto latino; al presidente Juan Manuel Santos, con su poder de estratega, traer esperanzas a Colombia; a la guerrilla y al Gobierno colombiano sentados en una mesa de negociaciones en la búsqueda de una posibilidad de paz; a la presidenta Dilma Roussef, fuertemente comprometida con la lucha ante corrupción en Brasil, pero distante del espacio regional e internacional legitimados en las décadas anteriores; a los presidentes del ALBA, profundizar esa integración; Unasur, más consolidada; la aparición de la Alianza Asia-Pacífico; a Camila Vallejo, líder de los estudiantes en Chile; poner en jaque a la concertación y al gobierno del empresario Sebastián Piñera; al Golpe de Estado en Paraguay y su silencio; a China reiterar sus diferencias del mundo occidental, pero sin instrumentos para humanizar su propio modelo; a Palestina como miembro observador en la ONU, y hace pocos días vimos las armas disparar contra todos.

Sin embargo, es con el espíritu navideño que esta columna intentará prender las luces de un árbol de Navidad, más que latinoamericano, universal. Armemos este árbol con la fe inquebrantable de Nelson Mandela, su capacidad de perdón, el pacifismo de Gandhi, la bondad de la madre Teresa de Calcuta, la fuerza de Indira Gandhi, los ideales de la Revolución francesa, la memoria de de la Revolución mexicana, los sueños de Ernesto Guevara por un mundo más justo, las conquistas históricas de la Revolución cubana, Chico Mendes y su defensa por una Amazonia no espoliada, el carisma y el poder de interlocución de Lula da Silva, el humanismo y la inquebrantable convicción de la necesidad de una sociedad más igualitaria de Oscar Niemeyer. Falta la estrella en el ápice. Prendámola con la alquimia de la estrella de Belén, con la melodía de los villancicos por un mundo mejor para todos.

¡Feliz Navidad!

 

* Beatriz Miranda

 

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