Por: Andrés Hoyos

Por una nariz

UNA REVOLUCIÓN SE JUZGA POR las huellas, buenas o malas, que deja en lo que los ingleses llaman el body politic, el cuerpo político.

La francesa empezó por las guillotinas, desembocó en Napoleón y abolió para siempre la monarquía; la americana forjó a los Estados Unidos de hoy, belicosos e intolerantes a la vez que democráticos; la bolchevique sirvió para ganar una guerra mundial, pero luego trajo el gulag y el Muro de Berlín; la china pasó por subrevoluciones culturales que iban acabando, además de todo, con la cultura, pero luego de extrañas cabriolas terminó por fomentar a los gatos grises de Deng Xiaoping, que cazan muchos ratones; la vietnamita derrotó al gran imperio, sólo para firmar un TLC con él años después; las de independencia nos hicieron libres para siempre, al tiempo que nos dejaron sumidos en una recurrente precariedad de la que seguimos sin salir doscientos años más adelante.

Según esto, el Mayo del 68 francés estuvo muy lejos de ser una revolución. Fue, sí, un zafarrancho florido y rimbombante que les permitió a los jóvenes de la época expresar las profundas dudas existenciales que tenían sobre el país en el que les tocó vivir. Quizás se trataba de una implosión intelectual derivada de la humillación infligida a Francia por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, puede verse aquello como el último vestigio de un potente ímpetu revolucionario que ya no sopla, un tsunami que se ha convertido en una tímida ola.

Las consignas de entonces se leen hoy con indulgencia: “El hampa al poder”, “Todos somos judíos alemanes”, “Corre, camarada, el viejo mundo te persigue”. Estos textos se escribían en las paredes o se publicaba en panfletos comme il faut: muy bien diseñaditos y con muy buena ortografía. Era una pelea contra el padre en la que se lanzaron golpes bajos: los estudiantes acusaban a De Gaulle de fascista, toda una enormidad tratándose de él, casi el único bastión de cuidado que enfrentaron los nazis al invadir a Francia. De Gaulle decía con algo de fastidio: “La reforma, sí; el mamarracho, no”. Los estudiantes le contestaban: “El mamarracho es usted”. Por todas partes se veía expuesta la gran nariz en son de burla. Al final, las pedradas lograron ofender al narigudo general y un tiempo después lo jubilaron, lo que no dejó de provocar una alegría parricida entre los jóvenes. Pero jubilar a De Gaulle no constituye ninguna revolución. En cuanto a los trabajadores, tan invocados por los estudiantes, ellos no querían revoluciones, querían un alza de salarios y se transaron por eso.

La imaginación nunca llegó al poder. Mejor: es preferible que los poderosos no sean tan imaginativos. Fidel Castro ha sido fantasioso toda la vida y vaya uno a ver en qué anda Cuba. Aquí al lado tenemos a otro mandamás delirante, disfrazado de Simón Bolívar, que va dejando un impresionante reguero de desatinos a su paso. Y es desde luego absurdo que esté prohibido prohibir.

La falsa revolución tuvo un desenlace gris: Daniel el Rojo se volvió primero rosado y luego verde ecologista. No tenía otro camino. Hoy en Francia queda el Estado de bienestar, que no era lo que pedían los estudiantes, pero fue lo que les dieron, y quedan varios de los protagonistas de mayo en puestos de poder. Los franceses de ahora ni siquiera son capaces de reformar lo reformado, así que a estas alturas predomina allí una desencantada y melancólica opulencia. Francia, como otros países de Europa, se indigestó con sus pequeños altercados de posguerra y con su politización. La partida, a lo mejor, se perdió por una nariz.

andreshoyos@elmalpensante.com

 

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