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hace 51 mins
Por: César Ferrari

Por una nueva economía

El mundo está en un proceso acelerado de cambio de era, o de civilización, como prefieren otros. La nueva era tendrá como base una nueva economía definida por la llamada cuarta revolución industrial y una matriz de energía renovable. Sus elementos principales incluyen la robotización, el teletrabajo, la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la bioingeniería y las nanotecnologías que producirán una nueva estructura productiva.

Tendrá también como base una geopolítica multipolar en donde Estados Unidos no será el país hegemónico, a pesar de las acciones desesperadas de su actual presidente por mantener, a como dé lugar, “America First”. China será líder en muchos aspectos, incluido el tecnológico. Ya tiene la economía más grande, la clase media más numerosa y, por lo tanto, los mayores mercados; según el Brookings Institute, en el 2030 el 60% de la clase media del mundo se ubicará en Asia, mayoritariamente en China.

Los cambios incluyen profundas innovaciones culturales, sociales, institucionales y políticas que reflejan y, a su vez, alimentan a esas nuevas economía y geopolítica. En la nueva cultura la virtualidad será, seguramente, la forma dominante de relación entre las personas. La virtualidad y las nuevas relaciones sociales generarán una nueva forma de hacer política.

Para el papa Francisco y para muchos otros, esa nueva economía debe ser ante todo “una economía diferente, la que hace vivir y no mata, que incluye y no excluye, que humaniza y no deshumaniza, que cuida la creación y no la depreda.” Al papa le interesa, sin duda, cambiar la economía actual y, con ese propósito, el 1° de mayo de 2019 convocó a una reunión de jóvenes y economistas en Asís, Italia, los días 26-28 de marzo del 2020, para “hacer un pacto para cambiar la economía actual y dar un alma a la economía del mañana”.

No es gratuita la preocupación del papa. ¿El mundo nuevo será acaso de pocos beneficiados y muchos perjudicados? ¿Será un mundo donde la pobreza no sea erradicada; la inequidad entre las personas, entre las regiones y entre las ciudades y las áreas rurales sea creciente; la contaminación ambiental sea tan extendida que las personas deban quedarse en sus casas, y alcanzar empleo pleno, permanente y con ingresos dignos sea imposible? Para el mundo desarrollado esos parecen los retos del mañana; para América Latina son los del ahora.

Los retos económicos no son los únicos. Si la virtualidad y las redes sociales serán omnipresentes y, así, las personas no alcanzarán a relacionarse física y personalmente y no se verán nunca, ¿predominará el respeto o se generalizará el atropello? ¿Predominará la solidaridad o el egoísmo? ¿Cómo construirán amistad o se amarán?

Y la nueva forma de hacer política ¿será democrática o autoritaria? Si es democrática, ¿será representativa o participativa? En esta, el control ciudadano de la política y de los políticos ¿estará ausente o generalizado? Así, ¿predominará la participación o la ausencia ciudadana?

En ese contexto, ¿cómo construir una nueva economía que sea una economía para la vida, como reclama el papa Francisco? En el caso latinoamericano, es apenas obvio: sus economías deben crecer aceleradamente, a tasas del 10% por año, no a tasas mediocres de 3 o 4% anual, de manera inclusiva, estable, sostenida y sostenible. De otro modo, no hay forma de resolver la pobreza, inequidad, el deterioro ambiental y rezago respecto al mundo desarrollado y asiático. Lo hicieron los asiáticos, ¿por qué no podrían hacerlo los latinoamericanos?

Lograr ese objetivo requiere una estrategia y políticas públicas que la desarrollen, que simultáneamente construyan más libertad y democracia, pero enmarcadas en las nuevas realidades económicas, geopolíticas, culturales, sociales y políticas mundiales.

En particular, para crecer aceleradamente y de manera inclusiva las empresas deben producir cada vez más bienes y servicios, absorbiendo las nuevas tecnologías según corresponda, para venderlos en forma creciente y así contratar cada vez más gente, y para pagar cada vez más y mejores salarios. Tal futuro requiere dos cuestiones básicas: competitividad suficiente y ahorro-inversión elevados.

Una empresa es competitiva cuando el precio al cual puede vender en los mercados nacionales o internacionales el bien o servicio que produce supera los costos de producirlo. Así, cuanto más competitiva sea generará más utilidades, sus ahorros, para invertir y aumentar la capacidad de producción y la productividad más aceleradamente, siempre y cuando la tributación no incentive a distribuirlas. La falta de competitividad es consecuencia, usualmente, de que los costos financieros, de energía, de agua, de transporte o de comercialización, que pagan las empresas sean muy elevados, o que la tasa de cambio que enfrentan esté revaluada y haga inviable producir.

Superar esas deficiencias implica cambiar la estructura de precios y rentabilidades a través de nuevas políticas monetarias, fiscales y regulatorias que 1) eviten la revaluación cambiaria, 2) induzcan competencia en los mercados de servicios para reducir las tasas de interés y los otros precios, 3) establezcan tasas impositivas menores a las empresas y mayores a las personas naturales más ricas, para 4) generar más recursos fiscales para desarrollar más y mejores bienes públicos e infraestructuras, 5) para atender de manera prioritaria los territorios menos desarrollados y conectar las áreas productivas con los mercados más amplios (los asiáticos), a fin de 5) aumentar la productividad de las empresas.

La solución no es sólo económica, es también educativa. O la educación contribuye a construir solidaridad, respeto, participación y libertad, o predominarán el egoísmo, el atropello, la ausencia y el autoritarismo. Para ello, debe teorizar, analizar y enseñar sobre la realidad en una visión compleja, y participar en los debates nacionales. Más aún, si la robótica y la inteligencia artificial serán los dominantes y los algoritmos realizarán los procesos especializados y desplazarán y desemplearán a los especialistas, la educación no debe continuar formando especialistas, debe formar generalistas, estrategas, a quienes entiendan la sociedad y a las personas, a quienes tengan la empatía como base de su profesión, y a los ingenieros que desarrollen esos nuevos procesos productivos.

En el fondo, la construcción de una era para la vida es política y, por lo tanto, debe construirse políticamente en función de los intereses generales de la sociedad.

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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