Por: Nicolás Rodríguez

Pornografía militar

“La palabra de Santos no vale nada”, dijo Rangel en un Hora 20 en el que se le preguntaba insistentemente por la fotografía de un soldado ajeno a Colombia que su jefe político puso a rodar en Twitter, de una manera por demás mentirosa. Oírlo esquivar lo comentarios críticos, salirse con evasivas, cortar por la tangente, alzar la voz... todo era como cuando Uribe estaba en el poder: siguiente pregunta.

Ni siquiera unas excusas (o un se me chispoteó). El expresidente de Colombia lanzó un mensaje contundente desde su aparato electrónico: la imagen de un afrodescendiente llorando con casco me es suficiente para hacer política. Cualquier imagen, de cualquier afrodescendiente. No importa si está en un país africano, en Haití o en Irak. Para Uribe todos los afrodescendientes con casco son iguales. Su colonialista relación con la fotografía no podría ser más diciente. Uribe no ve dolor alguno. De nuevo: ve un negro llorando con casco. Ve un casco. Cualquier casco.

Si una imagen vale mil palabras, ¿cuánto vale una imagen falsa? ¿Y en qué idioma nos habla? ¿Cuánto cree Rangel que nos cuesta a todos que su líder rebaje el debate público a un nivel tan paupérrimo? ¿Siguiente pregunta?

Vale. Siguiente pregunta: ¿qué diferencia hay entre la información visual utilizada por el expresidente en su Twitter y aquella que se puede consultar cuando lo hackean y su perfil remite a páginas pornográficas? Lo de “Chicas lindas VIP” que le fue impuesto a su perfil no es más grave o siquiera diferente. Más bien supone la misma mirada de buitre.

El sargento Lonnie Roberts lloró en un memorial en Bagdad el 16 de abril de 2003 por la muerte de un soldado que recién había salido de su entrenamiento básico unos meses atrás. El trato que le dio el uribismo es diciente del verdadero precio que les dan ya no a los militares sino en general a las personas y sus historias de dolor.

 

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