Por: Carolina Botero Cabrera

Pornografía no consentida en Transmilenio

El acoso callejero no es una broma. Quienes vivimos en Bogotá crecemos enfrentando ese comportamiento que se ensaña con las mujeres, especialmente con las más jóvenes. Aunque los hombres también lo enfrentan, es más frecuente y más agresivo con nosotras. Y puede ser peor; en los últimos días confirmamos que el acoso en Transmilenio está adquiriendo una dimensión indignante, pues alimenta toda una categoría de pornografía no consentida que circula por internet.

El año pasado, Bogotá obtuvo el deshonroso primer lugar como la ciudad más peligrosa para las mujeres que usan transporte público. La Policía indicó entonces que tenía identificadas conductas en las que algunos hombres se aprovechaban de la congestión del sistema de transporte público para realizar “tocamientos” o “manoseos”. Si eso ya estaba mal, resulta que esas agresiones están siendo registradas y subidas a internet como una categoría especial de pornografía.

Sí, imágenes de escotes, tocamientos y roces que sufren a diario las pasajeras de Transmilenio están poblando las plataformas de pornografía, llevan títulos degradantes y están intencionalmente asociadas con el sistema de transporte. Es como un reality, una invitación a darse un paseo por los articulados. ¡Qué asco!

Las usuarias del sistema no solo debemos sufrir los tocamientos y manoseos, ahora sabemos que, además, los registran para reproducirlos y difundirlos en espacios de entretenimiento adulto.

Con el fin de pensar en cómo enfrentar estas agresiones y aunque hay muchas cosas malas en este caso, quiero llamar su atención y hacer tres reflexiones:

1. Aunque se distribuya en plataformas de pornografía, no puede considerarse pornografía. La pornografía por definición es consensual y entre adultos. En el caso que nos ocupa, el registro de imágenes, roces y tocamientos se hace y distribuye sin consentimiento. De hecho, se hace sin que las víctimas lo sepan siquiera y no discrimina edad, muchas víctimas pueden ser menores.

2. Dejemos claro que la revictimización que suponen estos registros aprovechan un contexto machista donde el cuerpo de la mujer es un producto. El cuerpo femenino con frecuencia es considerado un objeto que vende; sucede en publicidad y también en la pornografía. El acoso callejero está validado por estas lógicas machistas y se lleva a un nuevo nivel cuando se distribuye como pornografía.

3. Aunque no debería haber dudas de que estamos frente a una conducta reprochable de acoso callejero, en el que se produce daño y hay víctimas, todo indica que es poco lo que se puede hacer legalmente. Como en los registros no se ven caras (ni de víctimas ni de atacantes), va a ser difícil encajarlo en el delito de acoso sexual y, por tanto, es posible que la Fiscalía no pueda hacer nada.

¿Qué podemos hacer?

Podemos exigir bloqueos policiales del contenido. Hay que hacerlo, pero esto es poco efectivo. Por diseño, internet es una arquitectura descentralizada, lo que hace que aún si se logra bloquear el contenido en algunos sitios, el material puede reproducirse fácilmente en otros. Además, hay que considerar que muchas plataformas funcionan en jurisdicciones donde no hay realmente un Estado de derecho, lo que dificulta la toma de acción.

Ahora bien, dado que existe una industria del porno que está organizada y que debe preocuparse porque sus plataformas no sean repositorios de violencia machista, podríamos convocarlas para que trabajen más y mejor en el tema del consentimiento y para que se comprometan con tolerancia cero respecto de materiales de este tipo. Esto puede ser una mejor herramienta en términos del bloqueo, aunque siempre habrá plataformas a las que no les importe. Aún así, también debemos promover el rechazo total a este tipo de agresiones.

El desafío, entonces, es movilizarnos socialmente para denunciar y condenar el acoso callejero en general y esta nueva forma de violencia machista en Transmilenio que nos agrede a todas. Debemos apelar a la sanción social, a la responsabilidad de las empresas -en este caso de Transmilenio- y a la acción de las autoridades.

En primer lugar, rechacemos estos videos y a sus autores. Esto nos convoca a todas las mujeres. También a los hombres y su empatía para condenar estos comportamientos que no son normales, no son chiste, ni piropos que debemos agradecer. Son violencia, nos agrede, nos afecta.

A Transmilenio debemos exigirle que actúe. Está en mora de crear políticas de atención y sanción al acoso sexual en el sistema. Debe hacerlo en un proceso ampliamente participativo, donde se escuche a sus usuarias y se construya con todas las partes interesadas. La discusión debe incluir debates sobre posibles sanciones y discusiones sobre las campañas de sensibilización y difusión. Transmilenio debe trabajar en un sistema seguro en donde se rechacen y prevengan todo tipo de agresiones.

Respecto de las autoridades, en este momento debe haber mucha frustración porque estas conductas no están en el marco legal. Les propongo que esa frustración se enfoque en buscar mecanismos de articulación con todos los actores sociales y que piensen en campañas educativas.

Podríamos también aprovechar la indignación para revisar los debates del proyecto de ley de seguridad ciudadana que está en el Congreso e incluye un nuevo delito, el de difusión no consentida de imágenes con contenido sexual. Esta norma ataca otra forma de agresión digital también vinculada con la difusión no consentida de imágenes, pero en otros contextos. En general, vale la pena trabajar para analizar los nuevos retos que supone la tecnología en relación con la violencia digital del género. Algo así está sucediendo en el Reino Unido. Lo que pasa en Transmilenio puede servir para iniciar una discusión pública más profunda sobre este tema.

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Pornografía no consentida en Transmilenio

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