Por: Cartas de los lectores

Porque te quiero te aporreo

Los medios repiten irreflexivamente muletillas idiotas, como aquello de que la concesión de visas es una potestad absolutamente discrecional de quien las da o quien las retira. No es cierto. Si existe un convenio, lo pactado se debe cumplir. Si existen relaciones diplomáticas, es de cajón que las visas para quienes sean acreditados como diplomáticos, cuando sean necesarias, deben otorgarse. Y en el mismo orden de ideas, a los altos dignatarios del Estado, sean del Ejecutivo, del Legislativo o de la Judicatura, no se les deben negar las visas si viajan en condición oficial, y mucho menos se les puede retirar caprichosamente el visado, porque con ello se está incurriendo en difamación personalizada y en irrespeto a la nación. La discrecionalidad, se ha dicho, es como un salvavidas, está rodeada de restricciones.

Las condecoraciones son también discrecionales. Pero una vez concedidas no pueden revocarse caprichosamente. ¿Qué pensaría el país si a nuestros nobeles por un quítame allá unas pajas deciden retirarles sus respectivos galardones?

Colombia no es una grosera dictadura y, siendo así, todo alto funcionario del Estado merece el mayor respeto. El Gobierno no puede permanecer indiferente mientras se trate así a los más altos magistrados de las cortes. Lo que está haciendo la Embajada de los Estados Unidos constituye presión indebida y odiosa. No es propio de un amigo tan estrecho ser desmañado y patán.

La dignidad nacional impone que la Cancillería cite al representante diplomático de los Estados Unidos para hacerle saber con elegancia que a la nación le sorprenden y entristecen estos gestos de amor perro, y que no quisiéramos que por malentendidos se generaran reacciones infortunadas e indeseadas.

Duele observar que, en lugar de asumir una posición enhiesta desde el presidente para abajo, todos los miembros del Gobierno se mantienen viajando a los Estados Unidos para rendir pleitesía y recibir instrucciones. A tal punto que la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez ya se refiere a “my president Trump”, mientras la Casa Blanca no sabe el nombre del mandatario colombiano y lo llama Iván Márquez, y la agraciada Ivanka, hija de “my president Trump”, trata a Marta Lucía de Marcia.

El Congreso, depositario de la soberanía, está en mora de pronunciarse contra esta vergonzosa peregrinación permanente.

En otras épocas había dignidad en el país. En 1903, cuando se discutía en el Congreso el tratado Herrán-Hay, el embajador de los Estados Unidos cometió la imprudencia de sostener que ese tipo de pactos era casi obligación ratificarlos. Ello llevó a que fuera negado. Lamentablemente, aquello desembocó en el zarpazo de Panamá. Pero eso es harina de otro costal. Ahora lo que tenemos que hacer los colombianos es solidarizarnos con nuestros magistrados.

Se ha dicho que las ofensas no se dan sino que se reciben, entendido aquello en el sentido de que la grandeza consiste en no ofenderse. Esto es un pensamiento elevado. El problema aquí consiste en que en lo personal los afectados pueden perdonar el agravio, pero no la República.

José Joaquín Gori Cabrera. Bogotá.

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