Por: Luis Carlos Vélez

Porro y pola al parque

Aunque parecía un balón pateado en un tiro de esquina, en realidad era un saque de banda largo hacia el punto penal, una jugada que el equipo había entrenado una y otra vez y que terminaba con un remate de Sigþórsson a la puerta para gol, y así ocurrió. Islandia empataba entonces con la Inglaterra de Rooney para luego vencerla en una gesta que la convirtió en la selección sorpresa de la Eurocopa en el 2016 y que puso a los vikingos en el radar mundial como ejemplo de superación, esfuerzo, carácter y buen fútbol. Pero esta gesta fue todo menos una casualidad; era en realidad el resultado de una política nacional contra las drogas y el alcohol.

En 1997, Islandia era uno de los países con peores índices de alcoholismo y drogadicción juvenil de Europa. Una encuesta a nivel nacional reveló que mientras el 40 % de los jóvenes entre 14, 15 y 16 años se habían emborrachado por lo menos una vez el último mes, el 25 % fumaba a diario o había consumido drogas. Por eso el gobierno empezó la implementación de un plan multidimensional para recuperar a sus nuevas generaciones. Luego de haber fallado en múltiples campañas educativas para que los más jóvenes no cayeran en los vicios, se empezó con la construcción de centros deportivos y culturales; se implementaron duras medidas como el toque de queda para los menores de 16 años, multas para los padres que no dedicaran tiempo a sus hijos y, además, se fortaleció la prohibición de venta de alcohol y tabaco para los menores de edad.

¿Libre personalidad? No sean tan tiernos. Islandia se puso como meta recuperar a sus jóvenes y construir una sociedad libre de vicios y lo logró con un esfuerzo que se centró en hacer más difícil el consumo. Pero en Colombia nos encanta reinventar la rueda. La Corte Constitucional, en su fallo de la semana pasada, determinó que no se puede castigar a alguien que consuma licor o alcohol en los espacios públicos, desconociendo que nuestros pocos parques han sido históricamente escondederos de jíbaros y hasta núcleos de disputa de traficantes de drogas en los centros urbanos. Su determinación no solamente es una patada en la cara a los esfuerzos de seguridad ciudadana, sino también a los derechos de los niños de poder crecer en entornos seguros y lejanos de vicios.

Algo está pasando en nuestra Colombia, en donde fallo tras fallo se sobreponen los derechos de las minorías a los de las mayorías; algo sucede en nuestro país, que cada día parece que se protege al narcotraficante pequeño, grande o reincidente y nos obligan a que nos parezca normal. No, así no es.

Entiendo perfectamente el deseo liberal y progresista de nuestros supuestos garantes de la Constitución y las leyes. Yo también quisiera vivir en una sociedad nórdica de autorregulación, educación y libre desarrollo de la personalidad, pero hasta esos países tuvieron que hacer un proceso de construcción y evolución para llegar a donde están.

En Colombia tenemos magistrados que parece que vivieran en una burbuja tipo Reikiavik, pero bien les caería darse una vuelta por los parques de las principales ciudades capitales y hablar con las madres de familia de esas zonas para que les cuenten lo importante que es la presencia de la policía en las áreas públicas evitando el consumo de drogas y alcohol en las esquinas. Pero, claro, eso no se entiende desde Rosales o El Chicó en Bogotá, donde los togados viven, porque ahí todo siempre está divinamente, carachas.

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2019-06-10T00:00:23-05:00

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2019-06-10T00:15:01-05:00

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