Por: Diana Castro Benetti

Portales

Hay puertas que van hacia lugares exóticos y otras que encierran la libertad.

Las hay tan estrechas que ni el agacharse permite ver lo que hay detrás. Son la oscuridad. Otras, amplias y giratorias, invitan al juego, la curiosidad o el comienzo. Los portales son esos cruces de vida que aumentan o disminuyen poderes, que revitalizan o hacen que el azar aplaque los ímpetus de los más ambiciosos. Eventos que son la fuerza de la vida en acción. Arcanos donde se definen los aprendizajes de individuos y colectivos desplegando los efectos inevitables del renegado destino.

Por eso, los momentos en que tomamos decisiones son cruciales. Momentos llenos de dolor, rabia o desesperación, o momentos de alegría y serenidad. Momentos de conciencia, de inconciencia, de pasión, de ímpetu, de orgullo, de duda o maldad. Aparecen la diversión, la algarabía, el ruido y la locura o el desenfreno. Rendijas del silencio y el amor profundo. Así, cada instante trae su acción, quita los cerrojos o atasca los caminos para enterrar pasados con el adiós definitivo. Imposible develar lo que hay detrás o suponer siquiera los efectos. Son esos momentos en los que todo se resuelve. Se decide el amor, el trabajo, la carrera, o se inventan los hijos. Instantes de escogencia única que ofrecen específicas opciones y nunca las otras porque son ésas las que hay que vivir y con las que hay que caminar. Confluencias de sincronías, ideas, ilusiones y expectativas; coincidencias y realidades de una vida que se desdobla.

Los portales no pueden ser azar porque con ellos se asumen las consecuencias. Son los amigos, los amores y las deudas. Portales son los espacios de soledad donde se duda, se observa y se recupera el respeto. Portales son las oficinas, los formularios, los porteros o los gerentes. Portales vienen siendo los que dicen no y los que dicen sí. Portales son todos los que nos miran de reojo, con envidia o sin fe.

Dar los pasos hacia un portal requiere respirar suave, sin prisa, sin agitación. Reconocer que un umbral se aproxima y verlo de frente hace que el corazón vibre con más fuerza o que la piel se erice. Los ojos brillan y el cuerpo flota. Ir hacia un portal es aceptar que el paso dado llevará lejos, dará pistas sobre el destino y dejará indicios en lo vivido. Es como abrazar la vida que cambia, corre, fluye, se mueve; es saber que somos uno con el viento, el agua, la luz, las hadas y el sonido. Los portales, como fantásticos arcanos, son la gran magia para la iniciación. Abrir los brazos y agradecer es apenas una mínima reverencia para acoger lo cotidiano. Todo portal merece su sonrisa.

 

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